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Pensando en una isla (5): Hipótesis sobre nuestra mediocridad

Llevamos meses encajando una hostia de realidad tras otra: la esperpéntica no-inauguración en bucle del Islote de Fermina; la planta de tratamiento de residuos casi en medio de la ciudad; el contrastado poder destructor de las iniciativas para la conservación del patrimonio; la probable paralización del Plan General de Arrecife; la politización de la gestión de los CACTs; administraciones que colapsan con crisis como las del COVID y son incapaces de dar una atención de calidad a aquellos ciudadanos que las mantienen…

Todos los mencionados -ejemplos de una lista aún mayor- son fallos sistémicos, que involucran no solo a la clase política, sino a técnicos de la administración, sector privado, opinión pública … Y que nos gritan a la cara lo que para cualquier observador externo -no embotado por la fuerza de la costumbre- resulta evidente: somos una isleña comunidad de provincias, francamente mediocre.

Y es este un tema que me parece sinceramente interesante: ¿De dónde procede semejante desastre? ¿Cómo llegan a aceptar aquellos habitantes más viajados y leídos el hecho de que sus hijos vayan a heredar esta porquería? ¿Qué piruetas mentales permite a algunos, aún en 2021, afirmar que somos vanguardia, de lo que sea?

Son evidentemente preguntas retóricas, para permitirme unas breves reflexiones, en tres apartados:

Masa crítica: Cada vez menos voces

No toca ahora hacer historia pero, mal que bien, tenemos un aceptable pasado de opinadores críticos potentes -formados, convincentes, activos- frente al poder. Y, por resumirlo, ahora no tenemos nada. No hay más que ver los artículos de opinión en los digitales.

El cúmulo de motivos para esta ausencia de debate público es amplio: Asimilación de la mediocridad por las nuevas generaciones; síndrome de la hamaca en el cocotero -quien quiere ponerse a discutir teniendo, por ejemplo, Famara-; síndrome de la clase de EGB compartida; o pura teoría de juegos: si denunciando lo injusto o mediocre puedo perder mucho, y las cosas difícilmente van a mejorar, opto por asumir la parte de pequeñas pérdidas que me toque.

Como monumento icónico e inmaterial a esta carencia de conversación pública, se ha erigido el silencio y la apatía de la FCM, antes símbolo para nuestra precaria intelligentsia. Y ahora amodorrada en sus mangoneos con nuestra realpolitik de andar por casa.

Beneficios y obligaciones: La casa sin barrer

Dando por sentada esta aparente falta de conflictividad que acabamos de mencionar, cabe preguntarse, ¿cómo ha acabado por conformarse cada grupo social con lo que ha obtenido? Creo que el quid de la cuestión, y al igual que en otros lugares de rápido desarrollo, está en cómo sucedieron los dos gigantescos saltos de la isla: el de riqueza y el de número de habitantes.

Por una parte, un porcentaje importante de la población originaria prosperó por vías que no tenían que ver ni con el propio mérito, ni con lo que aportaban a la sociedad: enchufes en ayuntamientos, CACTs o Inalsa; chanchullos con la contratación pública; endogamia en los negocios… Mientras que a los miles que comenzaron a venir de fuera, no les quedaba más remedio que poner sobre la mesa más talento, capacidades o sudor.

Esto es obviamente una simplificación, una caricatura. Pero lo que obtenemos son dos grupos: Uno, con raíces e historia en la isla, que en un grado u otro -un trabajito, una fortuna millonaria, la posibilidad de exponer sus cuadritos en la casa de la cultura del pueblo, publicidad institucional…- ha visto satisfechas sus aspiraciones en la vida. Asumido, a cambio, las reglas del juego.

Y otro grupo, con orígenes fuera, en el que se repite una y otra vez el mismo patrón: por una parte, manifiestan su amor por la isla y, por otra, su nefasta opinión sobre sus instituciones. Con esta bipolaridad vivirán toda la vida, pero nunca -o muy rara vez- se involucrarán en lo público -participando políticamente, asociándose, escribiendo…-, porque consideran, porque se les ha dado a entender, que, de alguna manera, están fuera del juego.

Ninguno de los dos grupos aporta nada o casi nada al bien colectivo o a la mejora de lo común. Ni creen que sea asunto suyo.

Clase política: Nuestro fiel espejo

He puesto este punto en tercer lugar, porque me parece evidente que el bajo nivel en general de nuestros políticos es la consecuencia, no la causa, de nuestro bajo nivel como colectivo. Por mucho que los queramos usar como chivo expiatorio, no tendría ninguna lógica que tuviéramos una clase política por encima de nosotros mismos.

Incluso aquellos que acuden a la llamada de la política insular con buenas intenciones y ánimos para hacer funcionar las cosas, deberán asumir que pretender desarrollar esta carrera en esta isla es una aventura tan azarosa como habitualmente desagradable. Y qué decir de lo que deberá soportar quien pretenda ser ambicioso y dejar huella en su mandato, dando un vuelco a las cosas. Deberá combatir contra compañeros de partido poniendo zancadillas, funcionarios solicitando bajas, colectivos enfangando muchas veces el debate con argumentos absurdos…

Mientras esperamos la improbable aparición de líderes así, lo preocupante -y lo que era de esperar- es que nuestros políticos, cada vez más profesionalizados, parece que se van adaptando cada vez mejor a la mediocridad que les envuelve, en vez de pretender superarla.

Y es que, si pensamos en un habitante medio de una barriada de Arrecife, nos daremos cuenta de que no alberga ya a estas alturas la expectativa de tener por ejemplo un parque cuidado, con materiales de calidad y acogedor, como en cualquier ciudad normal y corriente de un país desarrollado. El político medio insular a día de hoy lo sabe. Y sabe también que, frente a un ciudadano así, puede bastar, de cara a la reelección, con aparecer machaconamente por ejemplo en inútiles visitas de obra, semana sí y semana también.

Y sonreír mucho, enfundado en un chaleco fluorescente, que no tiene ni una mancha.

Publicado enUncategorized