Saltar al contenido

Pensando en una isla (4): Diversificación económica. Monocultivo mental

“La política ha dejado de ser una disputa entre posiciones materialalistas -más o menos impuestos o servicios sociales- para convertirse en una confrontación espiritual entre religiones, inherentemente irresoluble.” Victor Lapuente.

Fotos: Ramón Pérez Niz

La contradicción parece no importar a nadie, pero, en lo que debiera ser el gran tema con mayúsculas –“Qué isla queremos” o “Qué isla queremos legar a nuestros hijos”-, ahora mismo la posición general unánimemente aceptada es defender una cosa, y la contraria. Día sí y día también, se oyen voces que pregonan la necesidad de diversificar en lo posible nuestra economía. Y, día sí y día también, las mismas voces saltan como un resorte contra todas y cada una de las alternativas que se van planteando.

Desde parques eólicos hasta producción acuícola, el destino de cada uno de estos temas -en teoría, cuestiones estratégicas, dignas de análisis en profundidad- es quemarse en dos o tres notas de prensa, llenas de adjetivos calificativos. Y luego, la nada.

Quizás más bien deberíamos hablar en pasado, porque últimamente estas no se oye hablar a nadie al respecto. Obviamente, nadie puede, ni siquiera el Cabildo de Lanzarote, hacer demasiada bandera de un discurso que dice una cosa, y la contraria. Y, en cualquier caso, ¡a quién coño le importa nada de todo esto! Y si de algo pueden alardear quienes mueven los hilos de la principal institución de la isla, es de ser perfectamente conocedores de la apatía sobre la que gobiernan.

Sin embargo, esto pretende ser una serie de artículos para sacar punta a cuestiones insulares de importancia capital. Y, en este sentido, lo que propongo al lector es que se fije en el paralelismo de este debate con tantos otros de recorrido casi idéntico: primero sirvieron de púlpito para que el mesías de turno ganara prestigio social -o ganara elecciones, o vendiera periódicos-. Para luego, en cuanto la realidad les dio alcance, diluirse en contradicciones, balbuceos, incomodidad…y silencio.

Primer ejemplo. Todos recordamos a aquellos que nos demostraron su alivio porque, al fin, la crisis del COVID-19 nos iba a evidenciar que no podíamos seguir con este modelo de desarrollo, basado en mover mercancías y personas de un lado para otro del planeta. Y que la lección era tan aplastante, que iba a imponer un antes y un después en el sistema capitalista. Apenas unos meses después, nadie se quiere hacer cargo de aquella obvia gran idea que era hacer boicot comercial precisamente a algunos de los países más necesitados de desarrollo del planeta.

Otro ejemplo, de rabiosa actualidad, es el de la transición verde y el coste de la electricidad. Lo que muchos describieron como un obvio relato entre buenos y malos, fácilmente solucionable con firmeza moral y algunas llamadas, ha resultado ser un berenjenal de impuestos, regulaciones imposibles y medidas, a priori muy atractivas, pero con un fuerte impacto en la factura de la luz. Pocas veces un discurso populista se habrá pegado mayor hostia que esta.

¿Significa todo esto que debamos asumir de forma acrítica y resignada las consecuencias negativas del movimiento de mercancías o de las políticas energéticas…? No. Significa que la realidad es compleja.

Y no solo porque haya poderosos que puedan hacer prevalecer sus intereses sobre los de la mayoría. Sino porque hay infinidad de intereses legítimos, y contrapuestos -el desarrollo de los países pobres frente a su impacto en el medio, por ejemplo-. O porque lo idóneo es, la inmensa mayoría de las veces, un delicado equilibrio. Y precisamente es signo de personas -y sociedades- adultas, contener la natural inercia de simplificar, y discurrir de forma compleja.

Llegando por fin al terreno local, y al título de este artículo, abundaron en su tiempo -antes de ayer- quienes insistían en la necesidad de diversificar la economía de la isla, a través de toda la multitud de opciones verdes existentes. Y, de nuevo, no ha hecho más que llegar la realidad, con todas esas posibles alternativas -y sus respectivas consecuencias-, para que, los mismos, exijan descartarlas y cerrar el análisis lo antes posible.

Pero es que la misma inercia se desencadenaría si optáramos por la alternativa a lo anterior, es decir, en centrarnos exclusivamente en la optimización de nuestro modelo turístico, en aumentar su productividad y hacer que el estatus del destino y sus precios aumenten ostensiblemente -esa vieja añoranza de Manrique-.

Ese camino está también lleno de riesgos contratiempos y sacrificios. Lo saben perfectamente en todas aquellas ciudades que han padecido de la famosa gentrificación. Y resulta obvio que quienes ahora muestran su desprecio por el turista de jarra, en cuanto triunfáramos tacharían como inadmisible la presión de los ricos visitantes en el precio de la vivienda, o en la jarra de cerveza.

Y así podríamos seguir un buen rato más, con infinitos ejemplos del ámbito nacional, y unos cuantos más en el ámbito local. Si las redes sociales parecen estar cortocircuitado cualquier posibilidad de reflexión sosegada a nivel global, la materia gris que tenemos a mano, a nivel local, tampoco es que nos ayude demasiado.

Como dice Victor Lapuente en su didáctico, “Decálogo del buen ciudadano”, tras la caída de las antiguas fuentes de sentido -la religión, la patria, la comunidad…-, estamos buscando desesperadamente certezas religiosas en asuntos donde, por definición, no las hay. Porque la política es el terreno de lo menos malo, del equilibrio, de la constante revisión, de apostar sin certezas absolutas.

Nos ponemos muy gallitos gritando que todo debe ser cambiado, que cada día debiera iniciarse una revolución. Para, a continuación, aferrarnos como un clavo ardiendo a posiciones simplonas y maximalistas, en forma de religiones mundanas, sobre todo tipo de cuestiones. Y cuando la realidad -con su complejidad y contradicciones- nos llega hasta el cuello, no rectificamos ni enriquecemos nuestra reflexión, sino que desechamos el debate. O, perdido ya todo pudor, nos dejamos caer sin complejos en brazos de la contradicción.

En el caso que nos ocupa, o pretendes promover la diversificación económica de la isla, y analizas entonces con sosiego y profundidad las opciones de desarrollo existente, para, en su caso, tomar decisiones óptimas, en base a unos criterios y análisis de riesgos pormenorizados y razonables. O eres un activista y desarrollas un discurso sesgado y en gran medida emocional, apuntalando una postura que en ningún caso te planteas modificar. Pretender cambiar de rol, en función de lo que resulte más cómodo en cada momento, es de inmaduros. O de cínicos. O de cínicos que pastorean a inmaduros.

Afortunadamente, de la misma manera que el alimentado y protegido ciudadano medio occidental puede permitirse todo tipo de simplonerías y pensamientos mágicos, nosotros, en particular, tenemos la suerte de vivir en un entorno tan privilegiado y tan jodidamente bien colocado en el punto exacto del mar, que nos permite divagaciones, filfa emocional y contradicciones sin final.

Ya gestionarán las siguientes generaciones. Que para eso se les paga la universidad.

“Pensando en una isla” son una serie de artículos, de un número aún indeterminado. Su intención, por decirlo pomposamente, es reflexionar sobre lo que somos. Más concretamente, sobre la distancia entre lo que creemos que somos, y lo que puede que seamos en realidad.   

Publicado enUncategorized