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El informe nos habla de nuestro presente, no de nuestro futuro

Hace algunos meses, cuando se presentó a bombo y platillo el encargo de un estudio sobre nuestro futuro a los economistas que salen en la tele, publiqué una melancólica queja en este blog. Mi tristeza provenía de la certeza de que era imposible que dicho trabajo contuviera nada importante para el auxilio de una isla azotada por una de las mayores desgracias imaginables.

Y dicha certeza provenía a su vez de la evidencia acerca de que lo que nos faltaba para proteger a esas miles de personas que están en vilo en estos momentos, no es información, sino responsabilidad. Y esta tesis se demuestra con una simple pregunta: ¿qué dirigente en la isla se ha salido de la zona de confort que protege su propia conveniencia, para poner en marcha medidas audaces, a la altura de la mayor crisis que, con probabilidad, verán en todas sus carreras políticas? La respuesta, obviamente, es ninguno.

Mientras un buen porcentaje de la población, sobre todo aquellos menos cualificados y, por tanto, más vulnerables, pasa sus días entre la tristeza y la desesperación, nuestra mini élite insular no ha sabido ni mantener la compostura -y justificar su sueldo- ni en una mísera mesa insular de coordinación de medidas frente a la pandemia.

En vista de esto, ya sabemos con certeza lo lejos que siempre han estado aquellas medidas excepcionales que se deberían haber puesto, acorde a la calamidad que estamos viviendo: facilitación de la vías de comunicación con los funcionarios públicos, formación de equipos para atender situaciones personales de emergencia, bonificación al máximo de tasas, simplificación burocrática, coordinación entre administraciones, grandes pactos entre rivales políticos para remar contra el desastre…

Por el contrario, lo que estamos teniendo es el marrullerismo político habitual -con víctimas como los CATCs, que están soportando un impacto tremendo-; funcionarios para los que el teletrabajo han sido unas extrañas vacaciones, o alcaldes y consejeros que no han cambiado su rutina de fotografiarse con cada inversión cotidiana con el dinero de todos. Y cuyas blancas camisas son una perfecta metáfora sobre el hecho de que no tienen la más mínima intención de mancharse con ninguna complicación excepcional. A la espera, como ya es arraigada tradición, de los fondos europeos que cubran de confeti nuestra mediocridad.

Frente a esta evidencia, ya de entrada sabíamos que resultaba irrelevante lo que pusiera en el televisivo informe. Porque cualquier cosa importante que se pueda hacer -no “planear hacer”- en estos momentos dramáticos exige niveles de riesgo, de compromiso y de excepcionalidad, que ningún líder en ninguna administración insular está dispuesto a asumir, conscientes como son de la baja exigencia de sus votantes. En especial de aquellos que quizás no hayan leído un libro en su vida, carne de trabajos de baja cualificación, y ahora de la cola del paro.

En este contexto, es evidente que la repercusión de cualquier trozo de papel en la realidad iba a ser nula, por mucho que en él se hubieran detallado posibles vías de acción prácticas, y adaptadas a nuestro contexto. Aunque, para más inri, el dossier de los economistas de la tele ha resultado ser un cúmulo de generalizaciones, obviedades y términos de moda, en la florida neolengua de los consultores. Algo que, literalmente, estaba al alcance de cualquier joven licenciado motivado, en plantilla de alguna administración.

De esta manera, este encargo se inserta perfectamente en nuestra dilatada tradición de suministros inflados de precio a cargo de nuestras arcas públicas, cuyo valor no merecía ni de lejos lo que costaban. Y que han dado lugar, por ejemplo, a parques infantiles que reventaban, por su baja calidad, al tercer día de uso, situados en precarios barrios de trabajadores de mantenimiento y camareros. Los mismos que vuelven a mirar ahora con inquietud el importe pendiente de su hipoteca. Que vendrá a rondar, más o menos, lo que ha costado esta consultoría.

Publicado enUncategorized