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¿Votas a un club de amigos?

Desde el 15 M se consiguió romper el muro, y se habló sin tapujos de la necesidad de conectar la política institucional con la realidad de la calle. También se superaron muchos tabús, porque se habló de las puertas giratorias, de los partidos que decidían las cosas importantes “en el piso de arriba”, de los partidos financiados ilegalmente y de las cloacas del Estado. El darnos cuenta de todo esto pudo ser traumático si esos mismos partidos políticos en el punto de mira no se hubieran dado por aludidos. Pero, en general, unos por necesidad perentoria, y otros por estrategia de futuro nos dijeron que sacaron la escoba y barrieron. En ese momento, yo creí en la “España nuestra”, es decir, en la de los ciudadanos. Pero a medio y largo plazo el resultado ha sido el cambio orgánico de personas, pero no se han dado los cambios estructurales necesarios. La tristeza es comprobar que existe un mecanismo (coyuntural a todos los partidos políticos) y unos hábitos adquiridos que son más fáciles de disimular que de erradicar.

He defendido en muchas ocasiones que para el bienestar común sería muy recomendable que los partidos políticos se constituyeran como empresas y no como “clubs” de forofismo ideológico o de intereres oportunistas. Si esto ocurriera tendrían que plantear proyectos que se ejecutaran en tiempo y en forma, porque su rentabilidad como partidos, es decir, su credibilidad, iría pareja a sus logros.

Esa frase de: su suerte es nuestra suerte, se convertiría realmente en un acicate en primera instancia, pero no sería un aval para toda una lesgislatura. Si los partidos se comportaran como empresas en su actividad de ofrecer servicio público (manejando millones de euros de todos) no auparían a cargos directivos a personas no cualificadas, confeccionarían estrategias más creíbles para los profesionales que sienten la vocación de gestionar lo público, y dejarían más espacio a los proyectos que importan y no a los proyectos que se confeccionan para una campaña electoral. Profesionalizar su propia manera de gestionar sus objetivos y sus metas nos ayudaría a prosperar, no solo en el pulso ideológico, sino en la necesidad de organizarnos comunitariamente con eficacia, honradez y transparencia.

Y es que si se fijan; la política actual (en las guerras electorales más encarnizadas) se ha reducido a una vil batalla (big-data mediante) para hacerse con el voto útil, el voto desencantado o el indeciso. ¿Cuántos plantean realmente hacerse con el voto coherente?

Les resuelvo la incógnita: es imposible. Para que exista coherencia hace falta continuidad y eso sólo se consigue con mayorías absolutas. Un rara avis en los tiempos líquidos.

Si movemos la cabeza en el espectro ideológico de un extremo a otro, e incluso añadiendo los matices del centro, el voto que creíamos esencial será desvirtuado por intereses partidistas. Al final, todos se casan con todos por cuestiones matemáticas para llegar al poder. ¿Por qué? Porque el votante se ha tomado como un juego el dar legitimidad a esos que piden confianza, y de ese capricho aleatorio surgen: la incongruencia, el descaro y la dejadez de quienes tienen que ostentarla. Los caprichosos reciben su medicina: un poquito de alivio, pero no la cura.

¿Y por qué ocurre esto? Primero, porque el voto cautivo existe, no sólo porque se haya ramificado (como se decía antes) entre la gente más necesitada de la “ayuda” del político, sino porque el propio político se ha encargado de engendrar un voto cautivo en su propia “guarida”. De esta forma, los que están arriba permanecerán protegidos “por los suyos”.

Y segundo, porque nuestro voto es un producto mercantilista que dejamos en manos de una organización que es capaz de abstraerse de nuestros propios intereses, porque no tiene los valores empresariales de la prosperidad, sino la necesidad de mantenerse en el poder alcanzado. En un entente tan poco equilibrado, entre el votante que otorga cargo y mando, y el político que acostumbra a abusar de su confianza desde una atalaya infranqyeable, que solo queda preguntarse una única cosa: si usted tuviera que delegar 183 millones de euros (el presupuesto del Cabildo insular) no se pensaría mejor quién ostentaría ese honor.

Entiendo que el voto sea emocional, cautivo, oportunista, feminista, de cabreo, ingenuo, intelectual, interesado, reivindicativo, revolucionario, pero la pregunta es: ¿183 millones de euros se deben gestionar desde un “club partidista” o desde la seriedad y la responsabilidad de una empresa pública que representa a 160.000 habitantes (como mínimo)?

PD: Vaya por delante que la pregunta por los 183 millones de euros no es específica al gobierno actual, sino que es extensible a otras etapas anteriores, y a otras siglas. Y por supuesto es correlativamente oportuna para los presupuestos de cada uno de los municipios.

Publicado enUncategorized