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Cuando éramos fabulosos y Jorge Coll no molaba un carajo

Es habitual que los seguidores de los Beatles se enzarcen en unas discusiones absurdas sobre quién era mejor, Lennon o McCartney. Absurdas, digo, porque la cuestión está bien clara, es McCartney el mejor de los dos sin necesidad de analizar el talento de uno y de otro.

McCartney es mejor que Lennon no sólo por su facilidad pasmosa para crear melodías, incluso limitando la comparación en la autoría de exitazos a 1980 (año del asesinato del beatle de las gafitas redondas), sino sobre todo por su increíble capacidad de trabajo, ese entusiasmo contagioso por ser siempre un poquito mejor, su sorprendente naturalidad de gestionar el éxito, y su conocimiento exhaustivo de su clientela. A este respecto, además, algún miembro de su última banda para salir de gira asegura que el genio de Liverpool interpreta, digamos, Hey Jude como si fuera la primera vez que la canta en directo. Y así cada noche. Recordemos que hablamos de un hombre que nació en 1942.

En contraposición, Lennon tenía el mismo talento y un instinto inigualable, sin embargo era un holgazán y le exasperaba cumplir con las obligaciones del sistema. Su vida personal, envuelta en tragedias familiares desde pequeño, le confirieron ese punto de atormentado y de rebelde sin causa que tanto vende. Paul, en cambio, era un tío feliz y absolutamente normal, y eso no mola. Muy al contrario, se castiga.

¿Paul? Bah, un burgués acomodado que no participó nunca en incendiar las calles y al que le repelía el izquierdismo realmente existente. Sus hijos educados en la Escuela Pública. ¿Lennon? Ultraizquierdista de principios de los 70, snob, y sus hijos en los mejores colegios privados de Londres y New York. Lo típico, puro posado.

Últimamente, el peso de una prolífica carrera, el tío Paul lleva creando canciones desde 1956 (65 años), ha desenredado en parte ese cliché, y ahora McCartney mola que te cagas. Y cuando muera y se haga repaso a lo grabado…ni te cuento lo que va a molar.

Lancelot cumplió 40 años hace unos días. Fundado por Antonio Coll, y sin querer restarle el protagonismo que merece, lo cierto es que el proyecto periodístico llega a este 2021 para soplar las 40 velas gracias al liderazgo del proyecto de su hermano Jorge Coll.

No es el propósito de estas líneas hacer un análisis sobre el papel que ha jugado el medio como notario de la transformación de Lanzarote en estas cuatro décadas, ni tampoco valorar su trabajo periodístico. Ese papel lo cumplen otros, como por ejemplo Pomares.

Sí que busco, permítanme la licencia, hacerles justicia a los Coll narrando aquel desdén con el que veíamos el Semanario cuando éramos tan fabulosos. Y aunque empleo el plural, aclaro que hablo por mí, mi experiencia con aquello de “Jorge Coll no mola un carajo”.

Al mismo tiempo intentaré responder a esto que el propio Jorge escribía (no lo firma pero creo que sí es el autor de este post) con motivo de los 40 años: “Hay quien ha dicho de Lancelot que, al igual que le ocurre a la Coca Cola, nadie conoce muy bien la fórmula secreta para haber aguantado en el panorama de los medios de comunicación en una isla poco poblada, y seguir liderando la información en Lanzarote 40 años después”.

Ni Lancelot ni Jorge molaban porque el Semanario era, y es, un calco a la sociedad a la que se dirigía y dirige, y nosotros éramos unos progres desnortados que por supuesto no habíamos vendido un periódico en la vida. Ya saben ustedes, la superioridad moral y tal.

No obstante, cada viernes comprabas la revista y empezabas a leerla por el Visto Bueno de Jorge, en aquellos años iniciáticos, primero para ponerlo a parir (pero cómo es capaz de escribir esto) y luego ir variando poco a poco tu impresión sobre las ideas que transmitía (a base de lecturas se aprende si no eres un sectario), “coño, este tío sostiene cosas muy razonables”, con las que se podía estar de acuerdo, o no, pero se apreciaba a la legua que iba muy por delante, además de entender perfectamente de dónde venía Lanzarote y hacia dónde podía ir.

Todo expuesto sin atajos facilones, otro valor que explica su éxito. Es decir, que huía como de la peste del populismo barato y bananero, además de poner cordura cuando la sociedad caía en los derroteros de la xenofobia o los juicios paralelos fuera quien fuese el afectado.

Así una semana y otra, o a diario en la radio en la tertulia que dirigía, y hoy con la misma dinámica en la televisión sin salirse de ese modus operandi. Lo más cachondo es que a nosotros no nos molaba un carajo, ni Jorge ni Lancelot, pero íbamos a la Biblioteca de la Democracia a devorar los viejos Lancelot, del 81 en adelante, hasta alcanzar aquellos días de 2000-2001. La incongruencia llegaba a tal extremo que en el colmo del descaro le llamé cuando supe que había un cd (imaginen, año 2002-2003) con todos los Lancelot almacenados, “Jorge, ¿te cuadra darme un cd de esos?”. La mejor escuela para entender la Lanzarote contemporánea está en esas páginas.

Como referencia informativa en la isla, y como un poder más de nuestra sociedad, su trabajo está expuesto a la crítica, la misma que ellos ejercen hacia todo lo que les parece reseñable. Sin embargo, nunca les he visto cruzar la delgada línea que separa la denuncia o la crítica con el buen gusto y el cuidado de las formas. Son conocedores de la responsabilidad que tienen en sus manos y del daño gratuito que pueden causar si ejercen el oficio desde las vísceras. Sin embargo, ellos han sido blanco de ataques no a sus ideas, a sus textos o a sus posicionamientos editoriales, sino a calificaciones que se escapan del normal funcionamiento de una sociedad plenamente democrática.

A estas razones para valorar el papel de Lancelot en estos 40 años hay que incluir la guinda. La actitud. Anteayer tuve que verlo “obligado” porque entrevistaba a un buen amigo en ese Café de Periodistas. Y ahí veía a Jorge apretando a Marquitos Bergaz para que sea ambicioso y desenrede el Plan Insular y podamos tener un Hospital digno de una población de 150 mil almas, y ahí seguía entusiasmado a ver si le sacaba un titular, en efecto, como si fuera su primer día en el oficio, y concluía marcando la pauta con unas cuantas ideas fuerza, unas buenas dosis de sentido común y sabiendo a quien se dirige. Podría estar de vuelta de todo, en actitud funcionarial, en plan viejo dinosaurio que se las sabe todas…pero no, no lo hace. Como el viejo Paul cantando las canciones que quiere su repertorio, pero sin perder el ripio para crear nuevas cosas.

Ahí está la fórmula secreta, esa actitud por jugar cada partido (cada tertulia) como si fuera el último. Por supuesto nuestro protagonista nunca va a reconocer que es él y su actitud la fórmula secreta: “nadie conoce muy bien la fórmula secreta para haber aguantado en el panorama de los medios de comunicación en una isla poco poblada, y seguir liderando la información en Lanzarote 40 años después”.

La fórmula, en definitiva, como el viejo Paul, para no pasar de moda. Cuando éramos fabulosos y no entendíamos nada. Era tan fácil de reconocer, que Jorge Coll molaba mogollón.

¡Felicitaciones!

Publicado enUncategorized