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Pensando en una isla (3): César, la trascendencia y el mundo plano

Fotos: Ramón Pérez Niz *

El psicólogo Jonathan Haidt es un estudioso de los sentimientos morales y, entre ellos, ha analizado durante más de veinte años los sentimientos trascendentes y místicos. Con el indiscutible talento divulgador que tiene, Haidt describe estas emociones como una tercera dimensión mediante la cual podemos interaccionar con nuestro entorno. Que se sumaría a las otras dos, digamos, más mundanas: intimidad (todo nuestro mundo de vínculos personales) y jerarquía (nuestra relación y encaje en nuestro entorno social).

El común de los mortales se mueve la mayor parte del tiempo en el mundo plano de las dos últimas dimensiones. Para simplificarlo como en bachillerato, pasa la vida desplazándose por el eje de las x (ganando o perdiendo intimidad con otros) y por el de las y (planteándonos una carrera profesional, luchando por tener relevancia social, etc.). Pero las emociones trascendentes o místicas, que muchas personas pueden también desarrollar, serían como el eje de la z en los problemas del instituto. Que se levanta sobre el suelo raso de las ordenadas y de las abscisas, y nos da posibilidad de perspectiva, de expansión y de mayor capacidad. Casi todos hemos experimentado, aunque fuera fugazmente mirando un cielo estrellado, esos momentos de trascendencia, en los que desarrollamos una cierta sensibilidad aumentada, conexión con el entorno, pérdida del ego, compromiso y conexión con los demás…

No es que Haidt insinúe que esta capacidad nuestra de elevarnos sea una prueba, oculta en nuestro interior, de la existencia de Dios. La cosa sería exactamente a la inversa: Tal como funciona nuestro cerebro, es lógico que acabemos desarrollando la idea de Dios. Este judío ateo plantea una teoría de cómo ha sido la cosa: Hace cientos de miles de años, los humanos fuimos desarrollando esa capacidad mística de conectarnos con el mundo, y con los demás, como una forma de reforzar nuestra hipersociabilidad, nuestro altruismo y, por tanto, nuestra capacidad de supervivencia grupal.

En la carrera de la supervivencia, mirado desde el punto de vista de un solo individuo, lo más racional es ser taimado: aprovechar todo lo posible la generosidad de los demás y ofrecer, a cambio, solo lo mínimo imprescindible para mantener el propio estatus. Pero, gracias a ese colocón autoinducido que es la trascendencia -y los sentimientos de conexión con los demás y con el mundo que nos produce-, ese frío cálculo cortoplacista de muchos, se veía compensado por las actuaciones más desprendidas de otros. Que, a la postre, resultaban ser de una “racionalidad superior”, porque multiplicaban las posibilidades de desarrollo de las comunidades.

Con el paso de las generaciones, algunos humanos fueron proponiendo que esa fuerza que a veces nos embarga -y que de alguna manera sentimos como algo exterior que nos arrastra-, sólo podía venir de entes superiores y, por tanto, las distintas tradiciones se los fueron inventando. Y, en una última fase, cientos de generaciones de burócratas fueron sistematizando y “pasando a limpio” lo que se supone que esos dioses querían transmitirnos. Para acabar dando lugar a religiones con un conjunto de preceptos y normas… sospechosamente adaptadas a las necesidades de los hombres que las redactaron en cada región.

El reproche

No hay que ser ningún erudito en su obra para que uno asocie a César Manrique -y a otros tantos artistas y activistas-, con esos sentimientos de trascendencia que Haidt describe tan bien en sus libros. Esa mezcla de impulsos, a priori sin una coherencia lógica entre sí, tales como sensación de plenitud, profundo agradecimiento, sentimientos de conexión con el mundo y encaje en él, firmeza moral e impulso a actuar.

Como se ha dicho hasta la saciedad, César Manrique se explica por esto. Se explica su conexión con la isla. Su entrega como pintor. Su necesidad de conquistar todo el terreno posible para la belleza. Su carácter expansivo. Su capacidad para conectar de forma transversal con colectivos heterogéneos. Su claridad de visión. Lo que tenía de ingenuo y lo que tenía de generoso. Y hasta sus malas matemáticas… Todo procede de esa capacidad de amor altruista, a todo y a nada en concreto, que algunas tradiciones orientales pasaron a limpio tan delicadamente.

El arrollador impacto de César en Lanzarote fue volver de otra galaxia para, además de orientar la oferta turística de la isla, ofrecer a la gente el ejemplo vivo de algo que cada uno de ellos albergaba -más o menos- dentro de sí mismos: la posibilidad de trascender, de despegarse de la somnolencia de una roca perdida en el mar, y de la falta de opciones propias de todo pueblo-pequeño-infierno-grande. Y el, digamos, reproche, no es original en mí: De entre todas las facetas de Manrique que, a priori, se proponía preservar y expandir, su Fundación ha ido disminuyendo paulatinamente el peso de este eje de la z, que se eleva: Lo trascendente, lo espiritual, lo religioso, o como queramos llamarlo. Para acabar centrándose en gran medida en una discreta acción política y judicial.

Estos derroteros -perfectamente legítimos, la duda ofende-, pasaron desapercibidos para la mayoría de atareados -y mundanos- ciudadanos de a pie. Hasta que la FCM, se entiende que en lógica concordancia con su quehacer de los últimos años, decidió que debía hacer campaña por un partido político en concreto en las pasadas elecciones. No de forma explícita, lanzando argumentarios al espacio público -algo de lo que estamos sedientos en esta anodina isla-, sino de manera implícita, estableciendo una raya entre buenos y malos, y actuando en consecuencia. Y no solo en lo que a los políticos se refería, sino incluyendo en esta división a personas ajenas a la política, que pasaban por allí. Dándose lugar a situaciones surrealistas en las que, por ejemplo, currantes del mundo de la cultura -especialmente sensibles al universo de César- de pronto se vieron envueltos en agrias polémicas con la FCM.

Los rescoldos

Pasado ya un año y medio de aquello, entiendo que los responsables de la FCM piensen que mereció la pena. Y puedo ponerme en su lugar. Puedo comprender que alguien que tenga unas ideas políticas de izquierda, anhele que gobierne alguien que dice tener las mismas ideas. Puedo también hacerme una idea de lo frustrante que debe ser pasarse media vida pretendiendo ejercer influencia desde los márgenes. O de lo árido de las relaciones con determinados políticos. O de lo frustrante que puede ser contemplar cómo caen inexorablemente los años uno tras otro, y ver que no pasa nada realmente relevante. Que no damos ese gran paso a sociedad ilustrada y sofisticada. Y que nuestros quehaceres se dividen entre la rutina hedonista de una clase media, o media-baja, con buen clima -un alto porcentaje-, o en sobrevivir a todo tipo de estrecheces -el resto-.

Si ya es difícil mantener el foco en lo elevado, una década tras otra, cuando uno se dedica a una labor creativa íntima y personal -que mal envejecen muchos artistas…-, mucho más difícil debe ser mantenerse centrado en el eje de la z, si tu principal labor es ejercer influencia en los demás. En procurar que un entorno social -eso siempre tan complejo- se mueva por unos derroteros que tú consideras obvios e irrenunciables. Siempre se ha dicho que una vía infalible para perder la compostura es pretender que los otros sean como uno anhela que deben ser. Y no me quiero ni imaginar lo cansino que tiene que ser estar pendiente de este asunto en el caso de una isla como Lanzarote.

Teniendo en cuenta esa mochila, descartada la posibilidad de dar el relevo, y manteniendo el interés por permanecer en el juego de dejar una impronta, comprendo -como he dicho- que alguien llegó a la conclusión de que no le quedaba más opción que desarrollar el juego fundamentalmente en el tablero chato de las dos dimensiones. Aspirando a ganar sensación de estatus por medio de un hilo directo con el poder.

Lo comprendo y no me parece, como a algunos, un anatema. Llevo mucho tiempo convencido de que en esta isla, como en cualquier lado, falta mayor pluralidad de voces articuladas, con intereses legítimos y encontrados. Y que, ojalá, por beneficio de todos, surjan nuevos colectivos e instituciones, como la FCM, que, mediante el contraste de opiniones, logren hacer avanzar el bienestar común. Y que estos actores, ojalá, tuvieran cierta potencia económica para no depender del voluntarismo de los mismos activistas de siempre -a veces, personas encomiables, otras, unos auténticos plastas-. Si no, por el contrario, poder tener equipos, desarrollar un discurso articulado, ejercer lobby, moverse en el terreno judicial…

Soy capaz de comprenderlo, insisto, porque puedo -permítanme la inmodestia- bajar a empatizar con esas personas que dirigen la FCM, y meterme en su cabeza -en su ciclo vital, en sus anhelos- y percibir sus razones. Las que los llevaron a ponerse en marcha para intentar, por todos los medios, no permanecer como en la última década. Pero se trata de una verdad particular, fruto de sus propias circunstancias. Ese paso de la oscuridad a la luz en la gestión de lo público, tras la bronca electoral, no se ha producido. No existe aquí una verdad evidente que a todos nos aglutine. Sino un episodio más del nutrido anecdotario de la política lanzaroteña. Episodios en los cuales lo personal y lo público se confunden en un amasijo indistinguible.

Y este es el leiv motiv por el que surgió este nuevo episodio de mi azarosa serie de reflexiones sobre esta isla. En primer lugar, la lástima haber perdido con el paso de los años unos referentes en la transmisión de eso que fundamentalmente me importaba de César: su aspiración holística, o como demonios queramos llamarlo, a lo elevado.

Y, por otra parte, la convicción de que esta irrenunciable aspiración trascendente, reflejada tanto en la elección de cada trazo, como en la distancia con juegos políticos de baja estofa, fue la que permitió al artista no enfangarse en la realidad. Y conectar transversalmente con su entorno social, para transformarlo. Esa forma de proceder, tan ajena a Lanzarote, fue la que acabó tapando las bocas de todos aquellos que, racionalmente, lo consideraban, en el fondo, un ingenuo naif. Porque las coordenadas bajo las que lo valoraban eran tan planas como el tablero de juego de la isla.

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Foto 1: Exposición “César Manrique. Es un placer”. Fundación César Manrique.
Foto 2: Exposición “Universo Manrique”. Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM).
Foto 3: Muestra fotográfica “Manrique Inédito”. Convento de Santo Domingo de Teguise.

Publicado enUncategorized

Un comentario

  1. Ábora Ábora

    Una observación, Luís. Me da que si la FCM tiene claro algo es que representando a CM, no es CM ni coquetea con esa idea.
    Sobre su relativo posicionamiento con determinado partido, no perdamos de vista el contexto en lo relativo a la baja estofa del partido en el Cabildo antes de 2018 con los actos de conmemoración del centenario del artista. Ahí hay artisteo local e intelectualidad que consideró intervenir para “ajustar las cuentas” a Manrique o la FCM.
    Interesante tu artículo.

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