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El Paraíso

Mientras nosotros nos lamentábamos cada día del pasado, y aciago, 2020, todos los días de ese año infernal que ya terminó, todos y cada uno de esos días, una media de unas 300.000 personas accedieron por primera vez en sus vidas a la energía eléctrica, otras 200.000 al agua corriente -también por primera vez en su vida- y algo más de medio millón de personas se conectaron a Internet. Y sí, también, por primera vez en su vida.

Multipliquen por 366, que fueron los días que hubo en 2020, y las cifras resultantes en cada segmento señalado, y en tantos otros del bienestar de la humanidad, dibujan un camino esperanzador de avances para millones de personas que vivían sin agua, ni electricidad, ni educación, ni sanidad…

Encadenamos años y décadas con esta inercia igualitaria y, aún con trecho por recorrer, puede decirse que nunca antes la humanidad voló tan alto. Sin embargo, lo mejor, a pesar de los titulares que inundan nuestro día a día, es que cada año es mejor. Se cumple aquello de “is getting better all the time”. Es decir, que en cada ejercicio la humanidad se supera, poco a poco. Cada día mejor, más justo, próspero e igualitario.

Como muestra un botón extraído este post de Marc Vidal:

“En 1950, el 27% de todos los niños seguían muriendo a los 15 años. Ahora esa cifra se ha reducido a solo un 4%. Max Roser, un economista de la Universidad de Oxford que dirige World in Data asegura que ‘si se te diera la oportunidad de elegir el momento en que nacer, sería muy arriesgado elegir un momento en cualquiera de las miles de generaciones en el pasado porque en todas ellas, excepto las últimas tres o cuatro, casi la totalidad de la población mundial vivía en la pobreza extrema. Hablamos del 90% de la gente. Además, las hambrunas y las enfermedades han sido comunes a todo ese tiempo. Lo mejor es vivir hoy, en este tiempo’.

O este otro, en el que se aprecia la mejora del porcentaje de personas que padecía la pobreza extrema.

En cualquier otro indicador que refleje el estado de salud del bienestar de la humanidad, los avances son igual o más potentes.

Sin perder de vista que hay que seguir avanzando en estrechar esos porcentajes, ya nos gustaría que fuera tan fácil como chascar los dedos. Pero, evidentemente, hay que felicitarse por el esfuerzo de esa cadena de generaciones que lo ha hecho posible.

Lejos de lo que pueda esgrimir cualquier demagogo, imaginen el sinfín de acuerdos de todo tipo, los avances de gigante en ciencia y tecnología en este último medio siglo, después de la barbarie de la primera mitad del XX… Una revolución global sin precedentes en nuestra Historia.

Debe ser el tamaño de estas zancadas en tan corto espacio de tiempo lo que explique esta sensación de que el paraíso sale gratis. Y que los derechos sean el exclusivo tema de conversación, y de llantina, en la opinión publicada española. ¿Deberes? Ninguno. ¿Derechos? Todos los habidos y los que están por parirse… por parida que sea.

El ambientillo, ciertamente, tiñe todo de ceños fruncidos cuando hablamos de cualquier tipo de esfuerzo, por tibio que sea.

Supongamos que ante la proximidad de unas vacaciones escolares alguien en casa sugiera la planificación de unas hojas de deberes diarios, de repaso de los contenidos adquiridos en el trimestre. Pongamos que una mísera hora al día entre sumas, restas, lecturas y dictados, y que esa hora sirva de contrapeso al tiempo de fornai y tv. Al principio la madre te mira raro, como si el objetivo oscuro del padre fuera fastidiarles la vida a los chinijos.

Dudas que tienen lugar también si planteas que acudan a un campamento deportivo. “¿Tanto tiempo con horarios estipulados?”, sale a la palestra en la discusión y, por momentos, parece que los fueras a enviar a plantar papas a Los Valles desde el alba hasta que caiga el sol.

¿Cuándo fue el momento en que pasamos de ofrecerles las facilidades del progreso, a mostrarnos tan quisquillosos en evitarles sacrificios -por nimios que sean-, y en sobreprotegerles de manera tan absurda, que tendrá como efecto más que previsible, precisamente lo contrario, exponiéndolos a resultar vulnerables a la mínima?

Los efectos de esta barra libre de derechos se reflejan incluso en los peores momentos. En esta guerra sin cuartel que vivimos por el Covid -justamente cuando se requiere que se redoblen los esfuerzos-, la suma de quejas y llantinas por ver que el Convenio Colectivo se tuerce de los designios conquistados, dan ganas de llorar.

Así, con la que está cayendo, naturalizamos con pasmosa normalidad que unos párvulos recién salidos de la facultad de medicina o enfermería se den el piro en el peor momento porque no les compensan las condiciones, o que una parvulita lloriquee en prime time ante Susana Griso que ha tenido que posponer el MIR, porque no le daba tiempo a todo.

Las lágrimas no son exclusivas a nuestro país ni al funcionariado público. Ahí ves a tenistas profesionales, millonarios por pasar una bola de un lado a otro de la red, advertidos de que podrían quedar en cuarentena en Australia si lo exigía el Gobierno de Adelaida, y cuando ello ocurre, van y se quejan, ellos y ellas. ¡Advertidos, y advertidas, con antelación!

Habría que hablar con esos padres de la humanidad del último medio siglo, los que encontraron la miseria y la barbarie tras dos guerras mundiales, y nos entregaron este mundo infinitamente mejor, y preguntarles si hubiera sido posible hacerlo soplando y sorbiendo al mismo tiempo.

Lejos de renunciar a nada, pero con el testigo en la mano cedido por esos gigantes, les debemos la consideración de no faltarles el respeto a su obra para seguir empujando. Getting better all the time y, a poder, ser sin lágrimas ni lamentos absurdos.

Publicado enUncategorized

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