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Pensando en una isla (2): Nosotros, los ecologistas en esencia

Con motivo de los sondeos de Repsol en las cercanías de Lanzarote, el 7 de junio 2014, una pequeña marea humana salió a la calle en Arrecife, en coordinación con el resto de Islas Canarias. El lema consensuado constaba de dos partes: “No al petróleo. Sí a las renovables”. Y era lógico que fuera así. Difícilmente podríamos explicar el embotellamiento de coches de combustión semi vacíos que se produjo para acudir a la protesta -numerosas personas se tuvieron que dar la vuelta-, si no se reclamaba una alternativa al zumo de dinosaurio.

Exigir simplemente que no queríamos plataformas, pero que estábamos encantados de seguir en todo lo demás como hasta ahora, hubiera sido simple y puro egoísmo. Un ejemplo de cajón de NIMBY (“Not in my back yard” -no en mi patio trasero-), acrónimo que se usa para definir todas aquellas reivindicaciones en las que los afectados exigen que sean otros los que padezcan los inconvenientes de instalaciones, de las que, por otra parte, sí quieren percibir los beneficios: vertederos, cárceles, carreteras…

Yo aquel día acudí a la manifestación bajo las siglas NIMBY aunque, evidentemente, no lo llevaba escrito en ninguna pancarta. Me dije a mí mismo que, siendo nuestro monocultivo económico el turismo, no era de recibo que corriésemos el más mínimo riesgo, y con una actividad que ni de lejos nos iba a reportar lo que nuestro denostado sol y playa. A decir verdad, no me molesté demasiado en profundizar sobre los riesgos reales de aquellas instalaciones, y me limité a tomar lo que se llama una decisión motivada. Una decisión fijada de antemano, que uno va apuntalando luego con los argumentos que va encontrando. Pero lo que me parecía un poco ridículo era fingir que lo que me importaba fundamentalmente era el futuro del planeta, y no mi playa o mi amor propio.

Recuerdo, al ver los cientos de carteles a favor de las energías renovables, pensar que aquello era un alegre y colorido río de hipocresía. Pero que, en cualquier caso, sería pasado el tiempo cuando aquel caudal de buenas intenciones se podría ver plasmado en realidades. Además, ¿qué importaba el análisis de puntada fina acerca de las motivaciones de todas aquellas exultantes personas, estando todos como estábamos en la lucha conjunta por el bien común? Efectivamente, a efectos prácticos en aquel momento importaba poco. Pero ya se sabe que la verdad siempre acaba reclamando lo suyo, de un modo u otro.

Recientemente, un medio de comunicación de la isla ha publicado un reportaje, con cierto apoyo en comentarios y redes redes sociales, muy crítico con la forma y el ritmo de implantación de grandes instalaciones de energías renovables en Lanzarote, en especial de energía eólica. Y su lectura me recordó el reciente descubrimiento que hice de un viejo manual de la CIA con instrucciones acerca de cómo promover el dilatamiento de proyectos importantes: Se hace necesario replantear todo constantemente, ser quisquilloso en los detalles, y favorecer los desencuentros y el conflicto.

En esta línea, las pautas que sugiere el texto son la necesidad de revisar con lupa todos los proyectos en marcha; recelar por defecto de todos los de iniciativa privada o, en cualquier caso, disminuir significativamente nuestro ritmo de desenganche del petróleo, con la intención de realizar nuevos análisis. Los cuales se sumarían a los profundos estudios ya necesarios en la actualidad para que un parque de renovables vea la luz. Y que, en el mejor de los casos, precisarían de varios años extra para llevarse a cabo.

El Cabildo de Lanzarote no aparece en la pieza, lo cual es un reflejo de su papel público hasta ahora en la materia. Cuando estamos ya acercándonos a la mitad del mandato, el gobierno insular tiene un perfil sorprendentemente bajo en el cambio de modelo energético en la isla. Siendo el Gobierno de Canarias el que tiene la última palabra en la mayor parte de los proyectos en marcha, el Cabildo de Lanzarote parece suponer que este no es un tema ganador.

Hablemos claro. Cualquier político en el poder conoce a su gente, y los nuestros saben que cosas como la implantación de energías limpias no quita el sueño a ninguno de sus votantes. Más aún, saben que en Lanzarote, la estrategia ganadora es la de postergar. El nivel del debate público es tan cutre que cualquier mindundis en la oposición puede plantear un disparate tras otro ante cualquier proyecto, y siempre habrá un buen porcentaje de ciudadanos que le dará la razón. Haciendo engorroso lo que podría haber sido un tranquilo mandato, lleno grandes ideas y buenas intenciones. Si uno lo analiza racionalmente, la estrategia más eficiente para mantenerse en el poder en Lanzarote es hacer estudios. El ciudadano tipo de Lanzarote quiere -o asume, es difícil distinguir entre ambas cosas- que las cosas sigan básicamente como están, para siempre.

Sigamos hablando claro. Lanzarote, junto con el resto de Islas Canarias, es uno de los territorios europeos con una mayor huella ecológica. Nuestro consumo de petróleo por habitante quizás sea del doble que el de cualquier otro ciudadano español. No solo nuestra electricidad es de origen contaminante -alrededor del 90%-. También nuestra agua. Y nuestros desplazamientos, mayoritariamente en vehículo privado. Y esto no nos supone ningún problema.

“Energía en Lanzarote”. Cabildo de Lanzarote. Centro de Datos. 2020

Y acabemos de hablar claro. Si hemos rascado ese 10% de energía limpia en nuestra producción eléctrica ha sido gracias a la eólica, que producía , ya en 2019, seis veces más que la fotovoltaica en la isla, y actualmente bastante más. Todos añoramos, como los niños, tener todas las ventajas y ningún inconveniente. Y soñamos con una isla 100% renovable, a base de placas fotovoltaicas ocultas en los techos de las viviendas. Pero eso a medio plazo es una entelequia.

Fuente: “Energía en Lanzarote”. Cabildo de Lanzarote. Centro de Datos. 2020

Sí veremos como el ritmo de instalación fotovoltaica doméstica conectada a red sigue progresivamente aumentando -gracias a la disminución de costos, y a las ayudas públicas-, pero bastará la instalación de un solo nuevo molino, para volver a ensanchar la enorme distancia entre nuestra capacidad eólica, sobre la fotovoltaica. A corto y medio plazo esta es la situación. Y a largo plazo, ya lo decía Keynes, todos estaremos muertos.

Podemos rescatar como expertos a nuestras viejas figuras del ecologismo insular, para que nos planteen otros mundos posibles, más allá de este. Pero, en este, el dilema es claro: o molinos, o petróleo. Y tiene toda la pinta de que, por acción o por omisión, preferimos lo segundo.

Nos hemos llegado a creer nuestro propio marketing turístico, que habla de una sociedad que lleva la sostenibilidad en la sangre. Cuando hasta hace escasas décadas en cada barranco de la isla había una pequeña escombrera, o cuando toda la vida nuestros barcos pesqueros han tirado todo por la borda: desde colillas, hasta neveras o baterías.

Seguimos de hecho teniendo la misma concepción de la sostenibilidad que nuestros antepasados, que se contentaban con buscar un rincón lo suficientemente escondido, para que no molestasen a la vista el váter o los azulejos de la reforma del cuarto de baño. Lo fundamental es lo aparente. Y lo que no se ve, no es un problema. Y de la misma manera que ahora vemos con recelo los molinos, mañana repudiaremos las grandes baterías, o cualquier otra infraestructura que sea necesaria para aumentar nuestra limitada capacidad de producción de energía limpia.

Y es que no se puede decir que no hayamos sido hábiles, al haber hecho de nuestro vicio, virtud. Haciendo pasar nuestra ancestral indolencia isleña, por virtuoso conservacionismo. De esta manera, podremos seguir quemando petróleo frenéticamente durante décadas. Y aún así, nos seguiremos considerando ecologistas, en esencia.


“Pensando en una isla” son una serie de artículos, de un número aún indeterminado. Su intención, por decirlo pomposamente, es reflexionar sobre lo que somos. Más concretamente, sobre la distancia entre lo que creemos que somos, y lo que puede que seamos en realidad.   

Publicado enUncategorized

4 comentarios

  1. Muy bien dicho, asi es mas claro que agua!
    Me alegro
    Muchisimas gracias

  2. Rafael f Martínez Hernández Rafael f Martínez Hernández

    Lo que está claro desde mi punto de vista es que las energías renovables, son el futuro y hasta el presente. Lo que es discutible es la forma de implantarlas. Lo ideal sería concentrar estas instalaciones energéticas, en polígonos industriales exclusivos para generación de energía y próximos a los centros de consumo y no dispersándolas en el territorio. Maximizar el ahorro energético no despilfarrando, aumentar la eficiencia energética con bombillas, electrodomésticos, etc y fomentar el autoconsumo de cada vivienda.
    No tiene sentido hablar del medio ambiente global, pero a costa de pisotear el medio ambiente local de Lanzarote. Estos proyectos energéticos tienen alternativas, lo que no tiene alternativa es nuestra biodiversidad, paisaje y calidad de vida de las personas.
    La energía limpia no puede justificar la destrucción de nuestros valores ambientales o culturales. Que yo sepa nadie ha dicho cuantos aerogeneradores se van a instalar, por lo que he podido sacar del programa informatico IDECANARIAS son 64, como mínimo, algunos de 150 metros de altura, como un edifico de 50 plantas, que colocados en zonas elevadas, en una isla llana como Lanzarote, serán visibles en 360 grados desde casi 12 kilometros a la redonda. Sr Luis Arencibia me parece muy simple su artículo, porque la necesidad de implantación de las energías renovables es evidente y dejar de utilizar las energías fósiles también, lo complicado es hacerlo con cabeza y criterio.

    • Luis Arencibia Luis Arencibia

      Lamento que te haya parecido muy simple Rafael, intentaré ser más sofisticado para la próxima 😉 Gracias por comentar

      • Luis Arencibia Luis Arencibia

        Y Dios me libre de querer destrozar nada Rafael, ni de poner molinos en cualquier lado. La tesis sobre la que pretendía llamar la atención (discutible, como cualquiera), es que ser una sociedad especialmente contaminante no nos molesta. Y que, por lo tanto, para poner nuevos molinos, incluso en lugares especialmente idóneos para ti, nos van a tener que forzar, desde fuera. Es una cuestión de teoría de juegos, y de reparto de cargas y beneficios: Nuestro humo se va, se dispersa.

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