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Pensando en una isla (1): Vivir sin historia

Hace unos meses, un amigo tuvo una idea que lo tenía estimulado. Se trataba de realizar una ronda de entrevistas a personajes que hubieran sido protagonistas de la vida pública insular y que estuvieran, digamos, ya de vuelta. La ocurrencia, para alguien con inclinaciones periodísticas y de más de cuarenta años, no era nada mala: Primero, porque en esta isla hay muchas buenas historias que contar -de genios, de ingenuos, de auténticos psicópatas…-; segundo, porque muchas de esas historias están solo en la cabeza de unas pocas personas; tercero, porque cabía la posibilidad de que cualquiera de esas personas ya no encontrase motivos para callar -por generosidad con los demás, por venganza, qué más da-, y, cuarto, porque solo el pasado nos salva del caos. Ningún desquiciado tiene buena relación con su propia historia. Y todas las mejores sociedades mantienen un buen puñado de buenas historias, que les sirven de referente.

Bueno, en estas, la primera apetencia de este amigo fue mantener una conversación a tres con dos de los protagonistas con mayúsculas de aquellos años en los que en Lanzarote se hicieron cosas importantes, en lo que a eso del debate de ideas y el activismo se refiere. Mucha gente no lo sabe -tampoco es que hayamos descubierto la penicilina, pero bueno, son nuestras cositas-, pero en la isla se desarrolló un movimiento conservacionista que fue precursor y referencia en Canarias. Y, vinculado inicialmente a él -luego ya no-, se escribió y editó durante varios años la que en aquel tiempo era probablemente la publicación de reflexión sobre temas de actualidad más interesante que había en las islas. Esto no en Tenerife o Gran Canaria, sino en Lanzarote. Impulsado, eso sí, por tres gatos, como todo.

La cuestión, para personas como nosotros, que vamos camino de señores, leemos la prensa y nos gusta contar batallas tomando cervezas, tenía enjundia. ¿Cómo han envejecido aquellas ideas, sobre los más variados temas, después de más de veinte años? En concreto, ¿qué balance se puede hacer, pasado el tiempo, del rey de todos los temas, el omnipresente “desarrollo turístico sostenible”? O, ya entrando un poco en lo humano, ¿qué visión tienen de la segunda década del S XXI aquellos que vieron cómo comenzaba (casi) todo en esta isla, y que tuvieron la oportunidad de comentarlo con César Manrique, Saramago, y tantos otros?

De las múltiples respuestas a la propuesta de conversación que esperaba mi amigo, nunca imaginó la que recibiría. La contestación fue algo así como “¡Te vamos a machacar!” Al parecer, ambos protagonistas de nuestra historia reciente interpretaron la invitación como una especie de trampa, de amenaza de cuestionamiento, o de invitación a la bronca -mi amigo y los candidatos a protagonistas se conocen, y se saben de opiniones distintas-. Y, lo que se había planteado como un recorrido de altos vuelos sobre viejos debates, tenía pinta de convertirse en una refriega más, de egos normales y corrientes. Quedando obviamente con esto descartado un proyecto de conversación, que había perdido todo el interés.

Mi amigo realizó algún otro intento de entrevista con personajes destacados de la historia reciente en la isla, y tampoco lo consiguió. Supongo que si hubiera bajado un poco el listón, habría encontrado decenas de voluntarios. Tipos y tipas a los que les cayó del cielo una concejalía o una consejería, y pasaron a tener una posición social -y un sueldo- que en su vida habrían soñado tener… para pasar acto y seguido al hoyo del olvido. Pero obviamente mi amigo buscaba cierta enjundia. Cabezas dignas de comprender, y a través de las cuáles comprender la historia del lugar que vive y al que le tiene cierto aprecio.

Porque, después de medio siglo de cambios frenéticos en esta isla, y en medio de un mar de información irrelevante, hay un buen puñado de historias que explican lo que somos, que van a comenzar a desaparecer, junto con quienes las guardan. Historias de visionarios que se elevaron sobre la mediocridad. O de analfabetos funcionales que manejaron cientos de millones. O de unos pocos que estuvieron sin querer estar, por algo así como una obligación moral. O de enchufes masivos en organismos públicos. O de muy buenas intenciones que se toparon con la realidad. O de desfalcos a plena luz del día y ante la mirada de todos.

Historias que, quien sabe, quizás nos sirvieran para no repetir lo peor que como sociedad hemos hecho. O de enriquecernos con nuevos referentes. Y que parece que están condenadas a permanecer en la íntima e irrelevante batidora psicológica de sus propietarios. Apuntalando por una generación más ese estado de sociedad sin chicha y en eterno día de la marmota que alguien denominó una vez como de “baja volada conejera”.

Publicado enUncategorized