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¿Y si el 2020 no tuviera la culpa?

Imaginemos la siguiente escena: en un gabinete psicológico y ante la mirada analítica de la profesional, que debe extraer unas conclusiones, se ve postrado en un sofá al año 2021 haciendo una confesión que se intuye repleta de angustia: “Noto que la gente me pide demasiado”.

Esta primera visualización es necesaria para seguir el hilo de este relato postverdad que tiene como protagonistas, a un año definido como raro, gafado e insatisfactorio , y en contraste, a otro año que está por llegar al que se le exige que nos aporte todo lo arrebatado.

Esta relación, entre lo que esperamos y lo que realmente nos toca vivir es inmesamente enriquecedora, porque no ocurre únicamente tras sufrir una pandemia mundial, sino que es correlativa a otras situaciones (en teoría menos traumáticas) que hemos soportado y alimentado sin rechistar.

De hecho, al año que ya se nos va (el maldecido 2020) le hemos exigido ante todo normalidad, pero sería conveniente saber qué es esto en términos generales, porque resulta que para algunos el 2020 ha sido precisamente el año más normal sobre una anormalidad ya adquirida y asumida. Pongamos algunos ejemplos que clarifiquen este argumento:

-¿Era normal el ritmo de trabajo al que estaba sometida la gran mayoría social que cuando disfrutó de tiempo para sí misma se sintió en la mayoría de los casos agobiada o culpable?

-¿Era normal la falta de conciliación laboral y familiar hasta el punto de que los abuelos se habían convertido en la verdadera esperanza para que muchas parejas trabajadoras pudieran pensar en procrear?

-¿Era normal asumir que los cambios sociales y políticos estuvieran inevitablemente determinados por el rastreo del Big Data?

-¿Era normal pensar que se puedieran mantener las burbujas económicas, renombrando los productos tóxicos, y haciendo que la especulación cambiara de manos?

-¿Era normal que nos creyéramos la sociedad más moderna de la Historia cuando realmente nos ha costado adaptarnos a la administración electrónica?

¿Era normal que aceptáramos un sistema educativo unidireccional cuando las familias deben ser parte integrante y colaboradora del proceso de enseñanza-aprendizaje? Y en este mismo ámbito: ¿Era normal pensar en una educación acomodada que no pidiera a sus profesionales adaptación a procesos metodológicos más innovadores en un contexto globalizado y de cambios vertiginosos?

-¿Era normal que aceptáramos que nuestros mayores fueran tratados como residuos humanos en residencias externalizadas, infradotadas y amorales?

-¿Era normal que muchos pueblos se sintieran superiores a otros por su simple geolocalización política o territorial?

-¿Era normal que se desoyera a los sindicatos sanitarios y a los científicos cuando advertían que estaban siendo desmantelados y menospreciados?

-¿Era normal diseñar y pagar millonadas por cajas de cerillas definidas como vivienda?

En definitiva, no se trata de aburrir, pero sí de reflexionar. Y por eso les animo a pensar en su lista de los 12 deseos durante las campanadas. Realmente espero que sean deseos menos individualistas y más colectivos, porque si hemos tenido que ser tutelados por los respectivos gobiernos en nuestros derechos más fundamentales (soportando paternalismo insultantes y ruinosos en su ejecución práctica), es porque hemos perdido nuestro verdadero sentido comunitario. Estamos tan acostumbrados a externalizar culpas que en la abstracción de lo que significa la entrada a un nuevo año, ya estamos obviando, equivocadamente, parte de nuestros deberes y responsabilidades como ciudadanos. Sentir la costumbre de la queja y no de la acción reivindicativa sobre los múltiples desajutes en los que hemos aceptado vivir (por conveniencia o comodidad) durante demasiado tiempo, no es normal ni en el 2020 ni en los sucesivos. ¡Feliz reflexión para el 2021!

Publicado enUncategorized