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Buenafuente, Quevedo y el federalismo fiscal

Si Francisco de Quevedo levantara la cabeza, encontraría dignos sucesores a su sátira en los intermedios de Wyoming, la Polonia de Toni Soler o los monólogos de Buenafuente, que los hay para todos los gustos e ideologías. Ya se sabe que ejercer la crítica, a través del humor y la burla, más aún si es al poder o a uno mismo, es saludable y fundamental en una sociedad democrática.

Joyas como “reconozco que estoy en laSexta, gracias a mi físico. ¡Me echaron de Telecinco por feo!”, explican la risa aplicada al propio ego de un grande, José Miguel Monzón “Wyoming”, médico metido a presentador, músico de pasión y encargado de decir las verdades, después de las noticias, lo que resulta atractivo, incluso adictivo, a izquierda y derecha de este país.

U ocurrencias, estilo Andreu Buenafuente considerando que el casting de Pasión de Gavilanes parece recién sacado de la despedida de soltero de Nacho Vidal, en una fiesta sólo recomendada para jóvenes y fogosos. Que si mérito tiene decir algo inteligente, hacerlo a diario y en solitario como prólogo del programa es de Óscar, o Goya, que ya presentó varias galas.

Se trata de reírse sanamente, que para tragedias el telediario, por mucho que el tiempo lo cure todo que dijera Woody Allen al formular su ecuación: “comedia igual a tragedia más tiempo”. Y menos mal, porque la vida da golpes, presenta situaciones complejas y tonterías varias que magnificamos, ayudando las sonrisas, risas o carcajadas a restar algo de la trascendencia que puedan tener. De lo contrario, no hay espaldas que puedan con tan pesada carga.

En esto el humor sana más que el diazepam. Hasta en Polonia conocen sus efectos positivos, como demuestra uno de sus últimos éxitos “aquí todo va bien, yo no cierro a Madrid. Confinamos San Blas pero no Chamberí. Si eres de barrio rico no debes sufrir”, que hasta alguna media sonrisa provoca, entre tanta tragedia, lo que es imprescindible para poder resistir, que dijera el mejor de los dúos dinámicos.

Su gracia tiene, como para no dedicarle una parodia que se repite en lo local. Ideas como solventar los famosos esqueletos de Costa Teguise con un concurso de pinta y colorea nos lo recuerdan, que cuando se trata de disimular la foto que dispensa el desmadre urbanístico: la imaginación al poder. Casi igualada por la intención, en plena pandemia, de dedicar una estatua o monumento a los ciudadanos por haberse quedado en casa, que al margen de la buena intención, da para un chascarrillo, y hay que entenderlo.

Porque de eso se trata, que no hay quien levante el título de campeón del mundo de los pesados sin haber encajado algún golpe. Lo sabía bien Quevedo, en pleno Siglo de Oro, al que cambiaron su Rey Palomo por el “Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como”, antesala de las estrellas Michelín y al que tanto recurren locutores deportivos como sinónimo del “chupón del barrio”.

Más necesario aún en tiempos navideños con mascarilla y cenas sin la suegra – que alguna ventaja tiene – donde es una tentación cambiar el propósito de escribir sobre fiscalidad y federalismo por este homenaje queivediano. Pues la seriedad también necesita del oasis del humor y la sátira, aunque sea en grado de tentativa. Y sí, si Quevedo levantara la cabeza, le daban un programa en prime time al autor de poderoso caballero es don dinero, con tal de que polemizara con Buenafuente y su “el dinero no sirve para nada, pero si te caes te amortigua”.

Definitivamente, dejamos el Federalismo Fiscal para otro día, que ya está bien de cachondeo. Dicho queda en la antesala del día de los Santos Inocentes.

Publicado enUncategorized

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