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¿Qué hacemos con el patrimonio? Construyamos relatos

Tras un siglo de vida, Almacenes Arencibia echaba el cierre en 2007, no antes de llevar a cabo su última contribución a la sociedad insular: una pedrea de cuentas impagadas de varios millones en total, muy bien repartidos, por toda la isla. Se cumplió escrupulosamente la regla de la tercera generación. Y a mis padres -ya mayorcitos en aquel momento- les quedó el consuelo de dejar atrás los quebraderos de cabeza de todo negocio familiar. Y la posibilidad de vivir de los restos de 100 años de horario partido, en forma de renta de alquiler del local.

Estando el interior del inmueble incluido en el catálogo de edificios protegidos del Ayuntamiento de Arrecife, había cierta dificultad para encontrar inquilinos. Pero, en un primer momento, se dio con uno, que más o menos se pudo adaptar a instalarse en un decorado de principios del siglo XX.

Sin embargo, lo que acabó siendo esta historia comienza con un segundo intento de alquiler, tras habernos abandonado el primer inquilino. Después de innumerables visitas y negociaciones, resultaba obvio que el local era inalquilable sin modificaciones: suelo de madera irregular, vitrinas de cristal con estanterías de baldas de cajas de pino afectadas de carcoma… Y un mostrador que recorría en todo lo largo el local, tras el que se refugiaban antiguamente las empleadas, pero que en la actualidad lo único que hacía era restar una cuarta parte del espacio. Porque, y he aquí lo enjundioso de la cuestión, en lo que el catálogo se había fijado e impedía tocar ¡eran los muebles!

Habiendo el ayuntamiento mostrado una tibia buena voluntad de buscar alternativas -mis padres no tenían otras fuentes de ingresos, más que una pensión-, la cuestión encalla en el Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo. Aunque a priori el ayuntamiento tenía la competencia, continuamente sobrevolaba la amenaza, siempre difusa, de “informes” y valoraciones negativas”, por parte de este departamento. Nosotros, por nuestra parte, encargamos también informes y llegamos a contactar con el departamento equivalente en el Cabildo de Gran Canaria, donde no les constaba un caso similar en su isla.

Comenzaron entonces una serie de contactos con Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo, en el que se le ofrecieron distintas alternativas para sacar, ¡un mueble!, y poder alquilar el local. Se les ofreció almacenar el mostrador con cuidado en la nave de algún familiar; donarlo para que pudiera ser disfrutado en cualquier lugar público, junto con cualquier otro mueble que quisieran… Siendo la negativa y la falta de opciones siempre la única respuesta.

Los meses pasaban y mis padres tuvieron que comenzar a pedir dinero a sus hijos. Entre otras cosas, aún no habían acabado de pagar la hipoteca de un pequeño apartamento que mi madre se compró en su pueblo natal, en el interior de Alicante, al que había vuelto 40 años después de abandonarlo de adolescente. Su propia casa, el local de la antigua tienda y este apartamento eran sus únicas propiedades.

Habiendo quemado todas las posibilidades de interlocución posible –hasta los más curtidos negociadores de la familia fracasaron en el intento-, fue mi madre la que pidió cita en el Servicio de Patrimonio del Cabildo. Con el peso de ya dos años de préstamos de sus hijos, la intención de mi madre no era discutir cualquier aspecto técnico. Mi madre no tenía ni puta idea de los aspectos técnicos. Su intención era dar pena. Mostrar su situación y sus buenas intenciones. Y despertar la empatía de la funcionaria responsable de aquello.

Lo que pasó en esa reunión mi madre lo contó muchas veces. Tras una conversación absolutamente estéril, cuando comenzaban a despedirse, la funcionaria le dijo algo como, “he visto en el Hola que la Duquesa de Alba ha vendido unos muebles y ha sacado un dineral “. He imaginado muchas veces la sonrisa cumplida y alienada de mi madre ante aquel “chiste”, y he intentado adivinar lo que podría haber detrás de ese comentario en una situación así. ¿Inquina personal? ¿Incapacidad para lidiar con una situación emocionalmente incómoda? ¿Brutalidad, sin más?

Recordé este episodio al leer este texto de Saúl García en Diario de Lanzarote. Una supuesta pieza de análisis sobre la problemática de la preservación del patrimonio arquitectónico. En el artículo, donde habla hasta un concejal de la oposición, no se le da voz a ningún propietario de inmuebles que hubieran sido catalogados. ¿Se imaginan, por ejemplo, un reportaje sobre desahucios, sin desahuciados?

Esta ausencia de los afectados en el texto -una sola declaración de cualquier familia propietaria normal y corriente, hubiera estropeado la historia- parece que fue el ingrediente necesario para construir el relato buscado: El que dice que el deterioro del patrimonio arquitectónico de la capital de la isla es fruto de un afán de especulación desmedido de los propietarios, en complicidad con la negligencia un Ayuntamiento de Arrecife. Y ante los cuales solo la competencia del Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo mantiene en pie (sic) nuestro pasado.

En fin, para no aburrirles:

Solo después de varios años, y de que alguien ajeno a la familia se empecinase -un inquilino interesado en el local- se dio vía libre a lo que era obvio desde el principio -decenas de miles de euros en pérdidas antes-, para conjugar intereses generales y particulares.

Por el camino, mi madre tuvo que vender su apartamentito del pueblo para hacer frente a las deudas, producto de esta y otras desgracias familiares. Que nunca vienen solas.

Los suelos de madera están bajo una moqueta; las viejas estanterías de pino barato están tras placas de pladur, y aquel hermoso mostrador de pesados cajones, tras el que pasé mi primera infancia, si les digo la verdad, no sé dónde coño está. Ni me interesa.

Toda nostalgia se quemó en el desgaste de aquellos años de impotencia. Esa impotencia tan familiar para cualquiera que se haya enfrentado a la pura aleatoriedad de la burocracia. Padecida en este caso por una familia que era modelo en disponibilidad y buenas intenciones. Con intereses absolutamente legítimos y razonables. Y que simplemente pretendía que los trabajadores públicos asignados para ello desarrollasen diligentemente su trabajo.

Una panda de ingenuos, vamos.

Publicado enUncategorized

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