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Un caso clínico: El lamento por la diversificación económica insular

Los psicólogos saben que un porcentaje importante de las personas que acuden a su consulta manifestando estar en crisis y querer cambiar, no dicen la verdad. Lo que sucede en muchos de esos casos es que personas con toda una serie de, digamos, carencias (egocentrismo, pereza, cinismo…), están contrariadas porque les ha tocado pagar el precio de estas, bien porque las abandonan, bien porque las echan de un trabajo, bien porque sencillamente no se soportan a sí mismas…

Hasta el psicólogo menos espabilado, sabe que todas estas pautas de comportamiento suelen formar parte de un esquema estable de la personalidad, que les aportan múltiples ventajas (¿No viven estupendamente los que viven en su mundo?), y el lamento vendría a ser una de las múltiples estrategias para seguir igual, incluso conservando la superioridad moral.

Me dio por pensar en esto días atrás, después de encadenar unas cuantas semanas leyendo artículos y entrevistas sobre “la falta de diversificación económica” de la isla. Carencia que nos estaría condenando a pasarlo especialmente mal en esta crisis sanitaria y económica. Como entiendo haría el psicólogo, ante este lamento al parecer extendido en la sociedad insular, me puse a reflexionar sobre las dos cuestiones clave: ¿Estoy delante de un sistema consolidado, o inestable? Si hay un esquema sólido de atributos que no varían, difícilmente se cambiará. Y, ¿el malestar que se manifiesta se produce en un contexto de calma, o en circunstancias adversas? En el primer caso, puede haber auténtico propósito de enmienda, en el segundo, se tratará de un fastidio pasajero.

Empezando por la primera, si bien es cierto que, por ejemplo, la producción del sector primario se ha doblado desde el año 2000, la importancia relativa de los que se suelen considerar “sectores alternativos” (primario, energía, industria, manufacturas), permanece más o menos estable desde hace décadas, tendiendo de hecho últimamente a descender, por debajo del 10%. El peso de los servicios en nuestra economía sigue siendo abrumador.

Y, no solo es así, sino que casi cualquier cosa que uno pueda imaginar, que sea positiva para fomentar cierta diversificación, parece no despertar gran interés (hablo de interés serio, el que mueve el voto), en la población. Cualquier político de Lanzarote sabe que hablamos de temas complejos, que su votante medio no entiende (o rechaza), y que para ganarse la reelección basta con sacarse 3 fotos semanales haciendo gestiones cotidianas… y no meterse en berenjenales.

Respecto a la segunda cuestión (¿nos ha dado por hablar de diversificación, porque nos ha cogido una crisis, sin diversificar?), la respuesta parece obvia. El rechazo al turismo y a la construcción (considerados males per se) es como una leve fiebre que nos acompaña desde los años 70, cuya temperatura sube temporalmente en cada crisis.

Por otra parte, y estirando aún más el ejemplo de una sociedad en la consulta del psicoanalista, lo más llamativo de la cuestión es la “pobreza argumental y propositiva” que se esconde detrás del lamento. Cuando intentamos tirar de la lengua a un precursor de la diversificación económica, rápidamente llegamos a lo de la “potenciación de la agricultura y las energías renovables” y, más o menos inmediatamente, a lo de “reparto de ayudas”. Y, más allá de eso, las brumas…

Frente a esta indefinición, es cuando el gran psicólogo de la masa crítica insular se ganaría el sueldo, animando al paciente a formularse alguna de estas preguntas: ¿hay una potencialidad realmente significativa en estos sectores para esa diversificación que tan obvia se dice que es?, ¿no está de hecho esa potencialidad en gran medida explotada?, ¿qué precio (en impacto al medio, por ejemplo) se está dispuesto a pagar para este cambio?, ¿qué referentes existen, equiparables a nosotros, que indiquen que, de forma realista, podemos reducir de forma significativa la importancia del turismo como principal fuente de ingresos?

Los dos posibles finales de estos procesos terapéuticos de reflexión guiada, cuando tienen éxito y son fructíferos son: A) Un mayor conocimiento de las circunstancias claves en la problemática que se dice padecer y, por tanto, un posible plan para superar algunas de estas limitaciones o B) Una reconciliación con las propias carencias, asumiendo la belleza de la realidad y adquiriendo habilidades para lidiar con nuestras debilidades.

Si resulta que nuestro punto de destino fuese B (no es que quisiera yo inducir al paciente, válgame dios), quizá los que nos toque sea:

– Mirar la realidad con perspectiva, agradeciendo el admirable salto que, como sociedad, hemos dado. Pasando de la miseria (económica, cultural, moral) a un destino turístico, con perdón, sostenible.

– Evitar la coquetería moral de pregonar que hay otros mundos posibles, regidos por leyes distintas a las de la realidad.

– Convencernos de que un cambio de calado en nuestra estructura económica solo se producirá en el caso de que se produzca un hecho masivo (muchísimo más brutal que el actual), que por supuesto es posible en las próximas décadas. Y que dicho cambio exigiría un precio también brutal.

– Ser conscientes de las numerosísimas debilidades de nuestro modelo, y de la precaución, humildad y trabajo laborioso que, como individuos (por ejemplo, ahorro) y como sociedad (por ejemplo, exigencia con lo público), nos toca.

– Pensar que, valorar lo que uno tiene (con intención de perfeccionarlo), bien pudiera ser considerado como derrotista, por algunos. Pero también de maduro, por otros.

Publicado enUncategorized

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