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La política y el arte

Siempre me ha llamado la atención la puesta en escena y la liturgia del día a día de nuestros representantes públicos. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, si se fijan en “la foto”, casi siempre están rodeados de libros, cuadros y esculturas de grandes autores, y con música clásica sonando en directo. Si nunca se han fijado, les animo a que miren en Internet. Descubrirán que en despachos, salas de reuniones, parlamentos, ministerios… y ceremonias varias, se pueden ver de fondo cuadros de Miró, Dalí, Tapies o Manrique, esculturas de Chirino o Chillida, miles de libros de todos los colores y tamaños. Y, a veces, un chelista (que pega con todo) decorando los oídos.

Como es bien sabido, la gran mayoría de nuestros representantes institucionales son huraños de la cultura, y solo están en su salsa en eventos deportivos, fiestas y romerías. ¿Cuantas veces, en nuestra historia reciente, hemos visto a alguno de los presidentes de nuestro país en la ópera, en el teatro, en un auditorio, o en una galería de arte? ¿A cuantos eventos culturales ha asistido el Rey Felipe VI, sin que sea por obligación? ¿Cuántos presidentes de Canarias han ido a escuchar asiduamente alguna de las dos orquestas sinfónicas?…

Desmoralizador, ¿verdad?

Y, para más inri, a la mayoría de los responsables políticos en las áreas de cultura, en cualquiera de los niveles de gobierno del país, tampoco les interesa. Entonces, ¿por qué disfrutan nadando en un mar de arte que no entienden y en muchos casos desprecian?

Toda esa tramoya solo responde a instrucciones de los asesores y trabajadores del marketing, expertos en vender hasta hielo en el polo norte. Lo importante es la fachada (aparentar que son personas cultivadas). Lo que se esconde detrás, mejor ni saberlo. De esto, la mercadotecnia política sabe mucho.

Es muy difícil entender esa abundancia artística en uno de los países de Europa que menos invierte en cultura, (Alemania, con algo menos del doble de población, invierte 10 veces más que España). Y, en Canarias, de este tema mejor ni hablar, ya que el presupuesto de cultura es residual. El apoyo al arte y la cultura por parte del Gobierno de Canarias se limita a dar alguna limosna a unos pocos “afortunados”.

Y yo me pregunto: si a la mayoría de los políticos el arte, la literatura o la música les da sarpullido, y cuando entran en una infraestructura cultural se les acelera el pulso como si de un campo minado se tratara, ¿por qué no decoran sus despachos con fotos de Iniesta o de Chona? ¿O por qué algunos ministros de cultura no ponen detrás de su escritorio una foto de un toro vomitando sangre antes de morir?

Está claro que parecer un cenutrio no vende. En cambio, el glamour del arte, sí, y además prestigia.

Para concluir, recomiendo a Sánchez (aprovechando la incertidumbre provocada por la Covid-19) que decrete el estado de alarma cultural, y que de la orden de desnudar todas las paredes de las instituciones públicas, desde el palacio de la Zarzuela hasta el ayuntamiento más pequeño, pasando por las miles de instituciones locales, insulares, provinciales, regionales y nacionales, y disponga pintarlas de gris ceniza. Así, a lo mejor, el aburrimiento sensorial obliga a sus señorías a pensar e innovar, y a gobernar con valentía, pensando en los ciudadanos. Bueno, tal vez me he pasado un poco y esto último sea demasiado pedir.

¡Vamos al estribillo!

Estanterías repletas de libros hay
y enormes cuadros de grandes pintores.
Jardines con gigantescas esculturas hay
y música en ceremonias y recepciones.

“Fade out”

Por cierto, ¿Cuando habrá leído fulano un libro por última vez?

¿En el instituto?

Mejor ni saberlo.

Publicado enUncategorized

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