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Ideas lujosas

Sabemos que, históricamente hasta antes de ayer, un sapiens solo era un sapiens muerto, y que todo en nosotros -incluido los debates de ideas- sigue supeditado a nuestra necesidad de pertenencia grupal. Si pretendes que alguien cambie de ideología, sé cariñoso con él: le estás pidiendo que abandone su clan. Lo que se plantea menos es que, dentro de los propios grupos, tan fuerte como la necesidad de unión es la de jerarquía o estatus. Difícilmente los grupos humanos hubieran sobrevivido a lo largo de la historia sometiendo a primarias la elección de liderazgos. Y estamos genéticamente condenados a buscar en nuestro entorno social signos que nos diferencien a los más capaces de los menos, para sentirnos atraídos por los unos y desconfiar secretamente de los otros.

También hasta ayer, estas jerarquías estaban básicamente establecidas de por vida para cada ciudadano. Y hace solo un segundo que vivimos en democracias liberales, en las que parece que todo es posible en cuanto a movilidad en el reconocimiento social. Siendo básicamente los mismos que hace unos años, seguimos buscando nuestro grupo y nuestro prestigio en función hoy a asuntos de lo más variopintos: hacerse hincha de fútbol, beber batidos verdes, tatuarse formas geométricas en la nuca, leer libros desconocidos… Aunque los posicionamientos políticos e ideológicos siguen siendo nuestros criterios favoritos para escoger a los nuestros. Y, en base a ello, nos vamos agregando en grupos afines, homogéneos.

Pero, por otra parte, tenemos la cuestión del estatus. Y siempre habrá una persistente minoría de personas que sientan la necesidad de diferenciarse de la uniformidad del rebaño, por lo que andarán en busca de matices que los prestigien dentro del grupo -descartada la violencia, se buscan ideas molonas-. Incluso hasta conformar un nuevo grupo. En el fondo del asunto subyace la misma psicología por la que por ejemplo Nike rediseña sus modelos de zapatillas cada año: suficientemente similares a las del año anterior para que el cliente sienta que lleva unas Nike, y suficientemente diferenciadas para que el cliente se sienta destacado en el clan de las Nike.

Planteemos un caso práctico. En su intento de diferenciar su sub-grupo con atributos lo suficientemente significativos y rompedores respecto de Podemos, diversos miembros de la infructuosa fuerza política Más País plantearon una idea que ni Podemos se había atrevido a utilizar. Se trataba de defender la renta básica universal, argumentando que era injusto y poco ético que las personan tuvieran que perder su tiempo en trabajos “no de su agrado”. Llegando a poner el ejemplo de un joven que tenía que estar sirviendo cañas en un bar de Malasaña, en vez de estar desarrollando actividades más elevadas, escogidas a su libre albedrío. Y sin la servidumbre del vil metal.

Ideas de este tipo, sencillamente disparatadas en lo económico y en lo ético -siendo por definición los recursos escasos, desarrollar tu vocación, en competencia con otros, solo será posible con trabajo, y huevos-, es lo que el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz llama “ideas lujosas”. Que vienen a ser el equivalente a un bolso Louis Vuitton o un Rolex en el debate intelectual: artefactos que valen en realidad para muy pocas cosas, más que para marcar nuestro estatus frente al resto.

Por todos son conocidas otras ideas lujosas de moda esta temporada. Como que para frenar futuras epidemias hay que restringir el comercio internacional, sin tener en cuenta el detalle de que condenaríamos a países enteros a la pobreza. O que debemos desechar las ideas de personajes del pasado, por el hecho de que tenían comportamientos del pasado. O que tenemos derecho a ser económicamente irresponsables como país, a la vez que otros la obligación de serlo por nosotros.

Publicado enUncategorized

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