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Viajar tras la Pandemia

Esta semana, por motivos de trabajo, tuve que hacer mi primer vuelo durante la pandemia. Pese a que los aviones y los aeropuertos han sido parte de mi cotidianidad, días antes de volar ya  estaba nervioso y angustiado por el viaje.

Como siempre, saqué las tarjetas de embarque con tiempo, y además rellené el formulario que exige España al entrar a un aeropuerto español. Lo hice online a través de la página “Spain Travel Health” del Ministerio de Sanidad, poniendo mis datos personales, los del vuelo (Incluido el asiento que tienes asignado) y los datos del alojamiento en España.

Viajar tras la Pandemia. Fotografía de Nino Díaz.

Y por fin llegó el día. En previsión de que hubiera aglomeraciones en los controles o cualquier otro imprevisto, llegué al aeropuerto de Tegel, en Berlín, tres horas antes de la salida del vuelo. Mi sorpresa fue que el aeropuerto estaba casi vacío, y que no había controles adicionales de ningún tipo. Ni siquiera nos pidieron la identificación personal para entrar en el avión, cosa muy extraña, aunque, en realidad, con las mascarillas puestas daba lo mismo.

Una vez en el avión, que iba bastante lleno (a un 75% de su capacidad aproximadamente), ya se me empezó a poner mal cuerpo, al ver que allí dentro había el mismo caos de siempre: la colocación del equipaje, los típicos trasiegos de viajeros de unos asientos a otros…Esto ya me hizo sospechar que, si alguien estaba infectado y había que hacer un seguimiento de los asientos cercanos al enfermo, no serviría de nada, porque mucha gente ya no estaba en su asiento asignado. A esto se sumaron lo niños corriendo por el pasillo sin mascarilla, y lo peor de todo: los caraduras que se piensan que esta historia no va con ellos y acaban con la mascarilla quitada. Esto último me revienta, porque estar tres horas en un avión con la mascarilla puesta no es plato de buen gusto para nadie, pero hay que hacerlo por responsabilidad y se hace.

Al aterrizar, la misma desesperación de siempre: parecía que el avión estaba ardiendo y había que desalojar la nave a toda prisa, con empujones y el de detrás clavándote la maleta en el calcañar.

Al llegar a la terminal del aeropuerto de Palma de Mallorca había dos controles, uno de temperatura y, posteriormente, otro para entregar el documento del Ministerio de Sanidad. Los que lo habíamos rellenado en la página web sólo teníamos que escanear un código QR, pero los que lo llevaban en papel tenían que pasar por unas mesas para entregarlo.

Luego estaban los despistados de siempre, que tuvieron que ponerse a rellenarlo. En esos momentos se hizo bastante cola, pero avanzando con cierta fluidez.

Ya en el hotel, me sorprendió que el desayuno era un buffet como los de siempre. Tenía entendido que este tipo de desayunos estaba prohibido y, aunque ponía bien claro en un montón de idiomas que para manipular la comida había que llevar la mascarilla puesta, dos personas cogieron todo lo que quisieron a cara descubierta mientras yo desayunaba.

Una vez en el avión de regreso a Berlín, de nuevo un escenario parecido, pero con algunas variaciones. Ahí sí que nos pidieron la documentación al entrar al avión (aunque, como ya dije, no sirve de nada si no te piden que te quites la mascarilla), y luego, dentro del avión, todo era muy distinto: sólo viajábamos 39 personas. Una ruina económica y una bofetada al planeta: cientos de toneladas de CO2 emitidas al aire para que vuelen tan pocos pasajeros. 

A la llegada a Berlín, aeropuerto vacío y ningún tipo de control.

En definitiva: toda esta nueva normalidad es un sinsentido. Creo que, si no nos enfermamos, es porque estamos de suerte. 

Algunas cosas han cambiado en esta nueva normalidad, pero otras muchas siguen igual o peor: los caraduras, los insolidarios, los estúpidos… siguen exactamente igual que antes de la pandemia.

El viaje fue una experiencia poco gratificante, y mi recomendación no puede ser otra que solo se viaje en avión cuando sea realmente imprescindible. Nos haremos un favor a nosotros mismos y a nuestro planeta.

Publicado enUncategorized

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