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Vivir a ronda o al céntimo

Hay una realidad y es que tengo 42 años. Me cuesta asumirlo, porque yo me siento jovial, pero cuando hay que pagar una cuenta me acuerdo de golpe del torrente de años y de lo mal que está España. En este caso no está de más explicar que soy vasca, y en mi tierra por costumbre, se paga a escote (pagamos cada uno por el gasto común), es decir, se paga mirando el global, no el consumo particular, porque si uno sabe que se ha excedido en su consumo de hoy, mañana compensará pagando la primera o segunda ronda. Siempre hay un equilibrio entre lo que hoy me excedí y mañana te debo. Lo curioso es que nadie queda insatisfecho, porque estas son las reglas del juego. Es como cuando vas a un bar de pintxos, tienes una barra libre y te autosirves, generalmente vas acumulando los palillos de lo que comes y cuando te toca pagar, simplemente eres honrado.

Hace 20 años que no estoy de continuo en este ambiente de confianza colectiva, y tengo que decir que echo mucho de menos esas rondas en las que pagabas consumiciones sin que te preocupara si habías hecho más gasto que Kepa o Aitziber, lo que importaba era el momento de disfrute, y el saber que cada cual iba a estar conforme al día siguiente de seguir con la rueda de favores (Kepa pagó las copas, pues Kepa mañana no paga el aperitivo y sus rondas). También hay que decir que todos teníamos muy claro cuáles eran nuestras limitaciones y nuestro presupuesto real (algunos vivían de la teta y otros de sus frutos). Por eso, íbamos a bares de barrio con precio popular. Es más, pagamos al momento para ser conscientes de que ya se nos acabó la fiesta por defecto económico. Casi nunca por ganas.

Ahora, siendo de 42, convivo con gente de una generación inferior y procedentes de muchas partes de España, pero les une algo en común: la individualidad. No existen las rondas, no existe el escote, sino la fórmula de: ¡lo mío, es..tanto! Y esto, perdonen, para mí es una distintivo de la decadencia social que nos envuelve (como muchos otros ejemplos del dia a día que llevará un análisis posterior).

Esta circunstancia tan concreta de comprobar que el que tiene 10 o 12 años menos que uno cuenta el dinero como lo hacía mi abuela para darnos la paga a todos sus nietos por igual (ese dinero que se quitaba para sus propios caprichos) , me lleva a pensar que hemos involucionado.

Y lo hemos hecho, porque tenemos a una generación que si quiere ahorrar, ya sea para un coche, una casa, unas zapatillas de marca o un móvil 5G, sale con el dinero justo-justo para el ocio. Y quiero recalcar, por si hay algún despistado, que todos estos (de los que particularmente hablo) que miran el céntimo son gente con sus sueldos (en la mayoría mileuristas), pero también los hay con sueldos superiores, pero con actitud roñosa.

Es curioso lo de la generosidad, porque siempre se ha dicho que: el que menos tiene más gasta, o el que menos tiene más da. ¿Pero son estos dos refranes justos para esas generaciones de “jóvenes” que han vivido de continúo las crisis económicas más recientes de este país?

Hay en ellos, y lo digo desde la sociología de los casos que particularmente observo, una necesidad de ponerle un precio, un valor (y aquí ya incluyo aspectos más psicológicos) a todo lo que van a consumir, para identificar después e inevitablemente sus limitaciones económicas. La misma que han escuchado en el relato de sus abuelos, en las angustias primeras de sus padres (ritual de esfuerzo), o en los titulares que anticipaban desde que nacieron un “futuro negro y devastador”.

Y a estas altura del relato hace falta preguntarse: ¿qué hemos hecho los que les hemos precedido para que un hombre o mujer de 35 años no pueda pagar las rondas, ni independizarse, o se vea obligado a compartir piso de 60 metros cuadrados, o a confesar que no come pescado porque es caro, o a comprar en un chino y no en el comercio local, porque le descuadra el presupuesto mensual?

A mí, que fui de una generación en la que nos pintaban el futuro muy negro, pero que luego hemos podido viajar más que nuestros padres, ser hedonistas a más no poder, ahorrar (porque teníamos trabajo), aunque a su vez esto supusiera comer pasta cinco días a la semana, me hace pensar que algo no funciona bien.

Si los de atrás no prosperan, es que estamos estancándonos todos, o llevándoles a ellos, por ser los últimos en llegar, al precipicio. Yo, la que acostumbraba a pagar a ronda y no preocuparme necesariamente del dinero, ya me siento dudando de la posibilidad de cobrar una pensión o de pagársela a otro, me siento en la imposibilidad de garantizar un puesto de trabajo estable, me siento en el mismo futuro incierto que alguien que tiene 35 años. ¿Cómo se va a pedir a esta gente “joven” que sea solidaria? ¿Cómo les planteamos un sistema de pensiones para todos si hoy están mirando el céntimo? ¿Cómo de preparados estamos los que vivimos otro momento más favorable para darnos cuenta de que mañana ese céntimo de hoy será vital para nuestro bienestar colectivo?

Publicado enUncategorized