Saltar al contenido

Pon una pega y échate a descansar

El psicólogo social Jonathan Haidt enumera en sus libros diversos resultados de estudios realmente curiosos: En las relaciones matrimoniales son necesarias al menos cinco acciones buenas y constructivas para compensar el daño hecho por cada acto destructivo o crítico. En transacciones financieras o apuestas, el placer de ganar cierta cantidad de dinero es menor que el dolor de perder la misma cantidad. Para llegar a valorar positivamente la personalidad de alguien que haya cometido un asesinato, de media necesitaríamos que hubiera salvado la vida de veinticinco personas. Todas ellos son manifestaciones de un mismo fenómeno, denominado “predisposición a la negatividad”.

Lo saben perfectamente las viejas del portal, los filósofos franceses que salen entrevistados el domingo en El País y los que eligen las noticias en los Telediarios. Para captar la atención del mayor número de personas posibles, has de recurrir a relatos negativos, en cualquiera de sus vertientes: inmorales, escabrosos, trágicos, etc. Mi padre también lo sabía, y casi cada día llegaba al almuerzo anunciando un fallecimiento. A mi madre, esa burda estrategia para desplazar el centro de atención hacia él -en esa guerra fría en pantuflas de los largos matrimonios- la sacaba bastante de quicio. Pero, incluso en lo más alto de las hostilidades, nunca podía evitar ceder y, no sin cierto desdén –“venga Antonio, cuéntanos el muerto del día”-, ofrecía el protagonismo en la mesa a mi padre. Quien saboreaba la victoria, dosificando detalles sobre cuadros clínicos o hijos desamparados de alguien que hasta ayer nos importaba un pimiento.

La explicación de por qué no solo los humanos, sino el conjunto de los seres vivos complejos, muestran más interés por lo negativo es obvia y fácil de entender. Haidht despacha rápido la explicación con un ejemplo: Un pez tendrá solo una oportunidad en su vida para escapar del ataque de un predador, mientras que tendrá millones para encontrar un bocado de comida. Y por ello su cerebro y sistema nervioso tienen un departamento de posibilidades chungas que actúa rápido, y sin preguntar, ante cualquier cosa parecida a un tiburón.

Esta innata predisposición nuestra hace que poner sobre la mesa aspectos negativos sea una estrategia ganadora en cualquier conversación. Y que, ante una posibilidad de acción, el que ponga las pegas siempre tendrá las de ganar. Fenómeno que se acentúa mucho más cuando hablamos de debates públicos, en los que las partes que conversan son masas de personas, que ya hace tiempo que está demostrado que son como las personas, pero mucho más emocionales y simples.

Entre las novedades que nos trajo la nueva política a España está el uso desacomplejado y masivo del sex appeal de lo negativo. ¿Por qué iba alguien a proponer soluciones, por definición criticables e imperfectas, pudiendo ofrecer catastrofismo, envidia de clase u odio al diferente?

Publicado enUncategorized

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *