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La nueva anormalidad

En la rueda de prensa del pasado 7 de junio, el presidente del Gobierno comentó que esperaba que España recuperara la seguridad y confianza necesarias para que los turistas vuelvan a disfrutar de las playas, la gastronomía y el paisaje de nuestro país. Es decir, Pedro Sánchez se posicionó en la “nueva normalidad” con el corta-pega del pasado. Nos ofreció “más de lo mismo”, como si el COVID-19 no nos hubiera enseñado nada. La fórmula para la “recuperación” es la misma que ha dejado en la cuneta del desempleo al 34 por ciento de la población española ( todo un récord histórico). Con un mercado tan castigado, la salida rápida vuelve a ser el turismo masivo, olvidando otros nichos de negocio, como la cultura, que durante el confinamiento propició un alud de iniciativas solidarias que hicieron más llevadero el encierro. Superado el bache sanitario y despojado el miedo: ¿quién se preocupa ahora de ella?

Volvemos a olvidar que España es una potencia cultural y patrimonial de primer nivel (tercer país del mundo en bienes declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial). Entonces, ¿cómo es posible que desde el Gobierno sólo se ratifique el modelo ya exhausto de explotación turística de “sol y playa” y no se desarrolle un plan de impacto cultural para que este otro pilar económico también resurja? Las personas somos seres culturales, y como tales necesitamos la cultura como bien de primera necesidad, para poder crecer y desarrollarnos, y vivir como seres autónomos libres.

Para los que, a pesar de lo anterior, piensen que la cultura es prescindible, decirles que el impacto económico de la cultura es mayor que la de otras muchas actividades económicas. La cultura emplea a más de 700.000 personas (el 3,5% del total de trabajadores) y representa el 3,2% del PIB de nuestro país.
Entonces, ¿por qué hay tanto abandono institucional por la cultura?. La inversión cultural de todos los niveles de gobierno (Estado, administración autonómica y local) no llega en España en ningún caso al 1%, muy lejos de lo recomendado por la Unión Europea.

¿Realmente queremos volver a lo mismo?

¿Queremos que la “nueva normalidad” sea la continuación del mundo que dejamos antes de la pandemia?
Creo que realmente podríamos aprovechar esta gran oportunidad para rediseñar un futuro distinto, más justo, equilibrado y sostenible, acabando con todo lo que estábamos haciendo mal o muy mal en aspectos como el calentamiento global, la contaminación de los mares, la precariedad laboral, el maltrato animal (especialmente la “torturomaquia”), la hiperpolitización, la acultura…
El turismo masivo ya llevaba años muriendo en todo el mundo, generando cada vez menos riqueza y más precariedad laboral, y convirtiéndose en una de las industrias más contaminantes del planeta. El 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo se producen por las actividades relacionadas con el turismo.

En fin, la nueva anormalidad impuesta no me gusta. Me temo que olvidaremos todo lo vivido estos meses, haremos borrón y cuenta nueva, como es habitual en la historia reciente de nuestro país, y, mañana Dios dirá.

Publicado enUncategorized