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Las verdades del coronavirus (3): El virus y la revolución

“Cada generación necesita su revolución.” Thomas Jefferson

La irrupción del VIH en los primeros años ochenta levantó a pobladas masas sociales, que unánimemente convocaron a una revolución moral. Que un virus se cebase con la población homosexual, era la evidencia palmaria de la inmoralidad del amor entre iguales, y un llamamiento de la naturaleza para restablecer el orden alterado. Si nuestra sexualidad había evolucionado durante millones de años para producir órganos y comportamientos abrumadoramente especializados, y destinados a la reproducción de la especie, ¿qué sentido tenía dedicarlos burdamente a otra cosa? ¿No resultaban evidentes, tanto el error, como la oportunidad de canalizar el dolor, hacia una moraleja que reorientase el comportamiento contra natura?

De hecho, ese enfoque era mayoritario a nivel global. Solo en los países occidentales desarrollados eran muy abundantes las personas que consideraban risible esta pirueta argumental, basada en una supuesta anti naturalidad de las relaciones con el mismo sexo. Ya que en ellos se había implantado por fin de forma hegemónica la idea de que la búsqueda del bien (y, dentro de él, del placer) de cada individuo es un valor sagrado a proteger. Fundamentado además, no en cuestiones sobrenaturales ni en el rol de cada cual en la sociedad, sino en nuestra propia naturaleza de semejantes. Si para mí yo soy lo más valioso del mundo, el otro -que es básicamente lo mismo que yo- también lo es, ya sea homosexual, negro, o cualquier otro matiz que no altera lo sustancial.

Y todo aquel que pretenda entrometerse en la libre búsqueda de otro de su única oportunidad en la vida, deberá tener argumentos sólidos que mostrar. Argumentos que obviamente no se dan contra las relaciones homosexuales. Que los machos chimpancés forniquen alegremente entre sí es la guinda del pastel a esta argumentación. Totalmente prescindible.

Con la extensión generalizada del COVID-19, grandes masas vuelven a promulgar de nuevo la necesidad de otra revolución moral. El hilo argumental de este nuevo llamamiento también lo puede entender un niño de 10 años: Un fenómeno natural que nos perjudica se ha extendido de forma fulminante a nivel global, a través de los mismos mecanismos por los cuales nosotros perjudicamos a la naturaleza (movimientos masivos de mercancías y personas), hasta llegar a colapsarlos. Por lo cual podemos y debemos aprovechar la desgracia, para “repensar” nuestro comportamiento contra natura y, por lo tanto, inmoral.

El inconveniente de este razonamiento es el mismo que en el caso anterior: las personas. El porcentaje de personas desnutridas en el mundo se redujo a menos de la mitad (del 28 al 11%) entre 1970 y 2015. Hablamos de porcentaje, no de números absolutos. La población mundial en ese periodo se multiplicó por dos, de 3.684 millones a 7.381 millones. Dicho de otra manera, la extensión del comercio de forma generalizada a lo largo de casi todo el planeta ha salvado del hambre a 1.255 millones de personas. El revolucionario occidental solo puede fingir una reacción ante una cifra así. El revolucionario occidental, que se deprime con una resaca, solo puede fingir una reacción incluso ante la narración de una sola vida vivida con hambre.

Por otra parte, prácticamente todos los indicadores que queramos buscar, relacionados con la calidad de vida de los humanos, están llenos de espectaculares noticias similares: mortalidad infantil, alfabetización, implantación de la democracia, violencia sexual… La alteración masiva de las condiciones originales del planeta, viene de la mano de unos incrementos fastuosos en las condiciones de vida de cientos de millones de personas. De nuestros iguales. A partir de la Revolución Industrial, pero sobre todo en las últimas décadas, el número de habitantes de la Tierra que ha logrado escapar del horror, desborda simplemente nuestra capacidad para concebirlo. Decenas de miles de niñas que no serán violadas, cientos de miles de niños que no deberán trabajar… La historia de la humanidad ha estado caracterizada, como la de cualquier animal, por la precariedad y la miseria, y solo hasta antes de ayer hemos podido escapar mayoritariamente a este destino, gracias a nuestra capacidad de distanciarnos de los designios naturales.

De forma similar a los conservadores de antaño frente al VIH, el revolucionario actual tiene una relación problemática con las personas que se escurren entre los dedos de su reduccionismo. La comprobación es tan sencilla como enumerarle los millones de seres humanos que han logrado diferenciar sus vidas de las de los perros: Se retorcerá. Relativizará los datos. E, irremediablemente, el valor sagrado de la equivalencia entre iguales, tan precario, tan anti natura, volverá a ser aplastado, de nuevo, bajo el convencionalismo:

“Todo eso no valdrá para nada, si destruimos nuestro planeta”

Publicado enUncategorized

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