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Las verdades del coronavirus (2): Un español y la responsabilidad

“Demos las gracias a Dios que no tenemos la cantidad de gobierno que pagamos”

Will Rogers

Un español lleva quejándose desde 2010. No sabemos si desde antes. No sabíamos qué estaba haciendo antes. Nosotros nos topamos en su momento con él ahí. Nos lo encontramos despotricando acerca de las exigencias de austeridad de la Merkel para desbloquear el rescate de España. En aquellos tiempos, no había voluntario que pusiese la mano en el fuego acerca de la posibilidad de quiebra del país. Entre 1998 y 2008, lo que los españoles debían a los bancos se multiplicó casi por cinco. Nos pusimos hasta arriba de trenes de alta de velocidad, aeropuertos y parques tecnológicos. Miles de políticos fueron elegidos gracias a esos gastos, y volverían a serlo ahora. Cientos de miles de españoles se sintieron importantes por primera y quizás última vez en su vida. Lo que desencadenó que todo se empezara a desmoronar es lo de menos.

El país estuvo en la cuerda floja una temporada, sin conseguir la financiación que necesitaba, porque nadie se fiaba de su capacidad para responsabilizarse de sí mismo. Finalmente, lo que Europa no tuvo más remedio que rescatar fueron las cajas de ahorros -y bancos que hasta hace poco habían sido cajas-, entidades que durante años habían sido gestionadas por políticos o sindicalistas que sabían tanto del negocio financiero como usted o yo. Irlanda, Grecia y Portugal estaban peor que nosotros. Y los fuertes y responsables de Europa estaban de pie, pero tambaleándose.

El gobierno tuvo que quitarse de encima como pudo la montaña de gastos que había construido cuando pensaba que el futuro no existía. Vimos por la calle gritando de nuevo a nuestro español, cuando en el verano de 2011 los dos partidos mayoritarios se vieron obligados, para que alguien en el mundo se fiara de este país, a introducir en la constitución la obligación por parte de los políticos a ser adultos con el dinero.
Alemania había hecho algo parecido, pero mucho antes, introduciendo en su constitución la Schuldenbremse (freno a la deuda) en 2009. El objetivo de la norma alemana es que cada generación se pague sus gastos, y no consuma los impuestos que pagarán sus hijos en forma de deuda. En contraste, en España, comandos de jubilados acompañan algunos días a nuestro español para exigir la continuidad de un sistema de pensiones que arrasará irremediablemente el dinero disponible para sus hijos. Y ya no te digo para sus nietos.

En 2012, las cuentas públicas de Alemania ya estaban equilibradas, mientras España seguía sumida en un 10,72% de déficit. A partir de ese año, el gobierno teutón no ha vuelto a cometer la temeridad de gastar más de lo que ingresa, a base de contención, sentido común, gestión y trabajo. A los inversores se les cae la baba con la eficiencia germánica, hasta el punto de producirse el hecho mágico de que están dispuestos a pagar para prestar dinero a su gobierno. En España, la idea de que haya que gastar menos de lo que se ingresa nos parece un hábito para pringaos. Nunca hemos pretendido dejar de ser un estado deficitario, desde la última vez que tuvimos superávit, en 2007. El gobierno se permitió el lujo de volver a aumentar en 2019, por primera vez en muchos años, el agujero de la deuda, con un magnífico aumento del gasto de 2.728 millones de euros. Todo iba a ir bien. No vimos por esos días a nuestro español.

Pero entonces, justamente el 9 de marzo, acontece otro imprevisto. Sigue siendo indiferente de qué evento en concreto se trate. Cualquier momento es inoportuno para los cobardes, y cualquier contratiempo es catastrófico para los irresponsables. Pero este, en particular, es brutal. ¿Y a quién volvemos a ver en la calle? Efectivamente. Ya con unos años encima -la mala vida acaba dejando huella-, nos encontramos de nuevo a nuestro español, gimiendo contra la Merkel, esta vez porque la canciller no quiere ni oír hablar de los eurobonos. Es decir, de poner la cara por nosotros para pedir la pasta que nos va a hacer falta cagando leches, porque nuestra economía se vuelve a desmoronar, debido a un nivel de despilfarro que no nos podíamos permitir.

Y ahí lo dejamos, saliendo de nuevo con su pancarta, aprovechando que las medidas de confinamiento se vuelven a relajar, para gritar a voz en cuello que la realidad se equivoca. Otra vez.

Publicado enUncategorized

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