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Las verdades del coronavirus (1): El virus en busca de sentido

“Siempre le pedimos algo a la vida, pero nunca nos detenemos a preguntarle a la vida que nos pide ella a nosotros.” El hombre en busca de sentido. Viktor Frankl

Pocos se resisten a la tentación. Algunos, lo que es peor, se esconden cobardemente tras la metáfora: “Es como si el virus quisiera enseñarnos… (escribir moraleja intercambiable aquí)”. Detrás de lo que está sucediendo parece haber una lección -una en concreto, además-, y solo es cuestión de encontrarla. He oído también varias veces lo de “detrás de esto hay algo… que ahora mismo se nos escapa. Pero hay algo”. Esta irrefrenable tentación nuestra de que todas las desgracias esconden un mensajito, probablemente empezó a larvarse inevitablemente en nuestras cabezas en el momento en que dejó de ser frecuente que cada familia enterrara a dos o tres hijos, de los seis o siete que se tenían.

No concebimos la posibilidad del azar y el desastre a él asociado, que es lo racionalmente evidente. De que no haya una trama. Ni un orden preestablecido que, como un cauce, guíe el curso de los acontecimientos. Al menos no hasta que los acontecimientos ya se muestran evidentes ante nosotros. Parece ser que incluso no hay ni siquiera dios. Los sucesos se encadenan en función de la entropía, y no por nuestra moral de tres al cuarto. Y no es mágico que un grasiento trozo de ARN haga de nosotros lo mismo que una nube de langostas de un campo de trigo. Es algo perfectamente lógico y, para cualquier biólogo, banal.

Muchos parecen no concebirlo, pero el virus no tiene un plan. Ni siquiera para su mísera supervivencia. Es algo que ni siquiera aprueba el nivel A1 de ser vivo. Que se expande como una mancha de óxido en una reja mal pintada. Y que tiene la misma capacidad estratégica que una hoja llevada por el viento o un boli Bic. Es una básica asociación de moléculas, que se juntan de esa manera por las mismas leyes por las que se acumula el polvo en una esquina. Es lógico que haya virus mientras haya células de verdad -no como ellos- que parasitar. Y a veces esas células están agrupadas formando murciélagos, otras, pangolines y otras, humanos. Y una porquería de estas puede estar miles de años saltando entre tres charcas en el último rincón de una selva de Borneo, y a la semana siguiente camino de infectar a media humanidad. Y no significa nada.

Estamos tan ahogados en nuestra propia insignificancia, que esta dosis extra de caos nos desborda. Y tenemos la necesidad de revertir lo que es una evidencia acerca de nuestros más profundos temores, en una buena noticia para nosotros. ¡Ha entrado un mensaje importante al buzón de nuestro destino! En el extremo de este desvarío están quienes vaticinan que después de esto viene un nuevo orden mundial; la caída por fin del capitalismo -me aburro- o una rayita más en nuestra cobertura kármica global.

Lamento darte la noticia. El mundo lleva, como el virus, millones de años sujeto a las mismas reglas, y no se va a revolucionar después de esto porque a ti te haga ilusión. Cambia tú, tío. O al menos dile a tu mujer que la quieres. O déjala. Pero déjanos al resto en paz.

Publicado enUncategorized

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