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Una historia feminista

Es una pequeña anécdota fronteriza. Propia de una época que nacía, sobre otra que se resistía a morir. Mi madre se sentía mal, y los médicos no atinaban con un diagnóstico. Hasta que uno le sugirió que visitara a un psiquiatra en Las Palmas. No había psiquiatras aún en Lanzarote, o quizás era demasiado vergonzoso visitar a uno, no sé. Cuando el médico le diagnóstico la depresión, mi madre reaccionó con extrañeza. Yo me la imagino ruborizada. Ella no tenía motivos para ser infeliz. Tenía una gran familia. Concretamente 6 hijos. Y un marido, sonriente.

Fue un camino largo, realmente tortuoso, el proceso mental por el que mi madre comenzó a ser consciente de que responsabilizarse de seis hijos, sola, junto a un hombre al que nadie había enseñado a ser padre, no la haría feliz. Es realmente duro despedirse de tu vida -aunque sea dolorosa- y sentirse arrojada, siempre solos como estamos, a la incertidumbre. Cualquier movimiento se convertía en un chapoteo torpe que la hundía más en el fango. Hasta las rodillas sumergida en la más pestilente de las porquerías que es la culpa. Y ese proceso fue su cambio de época.

John y Jackie, los trajes de tubo, el Lions Club, los grupos católicos progresistas, y cualquier otro estímulo de clase media de un país en rápido desarrollo, quedaron atrás hace tiempo como fuente de felicidad. Un hondo agujero se abría bajo sus pies. Las certezas desaparecieron. Y, como cantó aquel, con farmacia y con aguante, comenzó un camino hacia sí misma, que siempre es el más confuso de los caminos. Si soy yo el que va a mí mismo, uno de los dos es un fake.

Más que de plantearse objetivos, se trataba de conquistar, tras duras campañas de lucha, pequeños espacios de control, de tembloroso equilibrio. De la solidez de la biblia y el ideal de familia en la España franquista, al método hipotético deductivo. Al tanteo de posibilidades, siempre inciertas, siempre incompletas, siempre con consecuencias indeseadas. Emancipación del marido, reclamación de derechos, reencuentro con las raíces en Cocentaina, la guitarra… y escribir y escribir. Tu poemario del dolor que nunca he querido leer. Tu magullada libertad por fin alcanzada.

Viendo las pasadas manifestaciones del 8 de marzo, y abstrayéndome de sus consecuencias epidemiológicas, pensé en ti. Cuando pienso en la lucha por los derechos de la mujer, supongo que siempre pienso en ti. Intenté imaginar lo que hubieras sentido si, décadas atrás, en tus días más negros, cuando la materia de tus sueños aún estaba tersa, hubieras tenido la oportunidad de sumergirte en una de ellas. Sé que hubiera sido para ti un gran momento. Grande hasta la lágrima.

Quizás hubieras hecho todo lo que se te quedó por hacer en tu proceso. Que fue casi todo. Solo unas pocas excéntricas, o con dinero, o cultas, hicieron lo que millones soñaban. Llorando en la almohada. Mordiendo la almohada. La presión era brutal. La ley impedía, la sociedad no contemplaba, no había dinero, no había un lugar donde escapar. Nada.

Tú te envalentonas, y dices que ahora lo harías todo diferente, pero sabes que no es fácil. Los alfileres hubieran seguido estando allí. El de la culpa, el del miedo, el de la decepción. Clavándose en la carne llena de nervios. Eso nunca cambia, es lo mismo antes y ahora. Y eso no va con la mujer, eso va con la persona que elige vivir. Aunque muchas veces soñé que hubieras tenido otra oportunidad. Mientras mirabas a aquellas chicas en la televisión, sin comprender por qué estaban tan enfadadas.

Publicado enUncategorized

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