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¿Es racista un ridículo disfraz de caníbal africano?

En otoño de 2015, el Comité de Asuntos Interculturales (organismo dedicado a evitar la discriminación de minorías) de la Universidad de Yale, emitió una directiva, en la que se apelaba a la comunidad estudiantil a que no hiciese uso, con motivo de la inminente fiesta de Halloween, de disfraces que pudieran herir la sensibilidad de algún colectivo étnico. Se incluían en este listado cualquier disfraz que contuviera rasgos propios de otra cultura: sombreros mexicanos, faldas hawaianas, taparrabos africanos, etc.

Tras esto, y en su condición de catedrática de dicha universidad, Erika Christakis expresó en un mail, y en términos absolutamente corteses y constructivos, sus pegas con el asunto: habló de libertad de expresión, de lo saludable de la parodia, del riesgo de burocratizar cada rincón de nuestras vidas… Este ejercicio de promoción del debate de ideas ¡en una universidad!, originó inmediatamente una reacción histérica de parte del alumnado frente a Erika (tildándola de racista, supremacista, insensible…), que luego se extendió a su marido, también catedrático, cuando este pretendió debatir públicamente, y en términos más sumisos que corteses, con algunos alumnos. Esta discusión en los jardines del campus fue grabada por varios móviles, y el vídeo resultante fue el testimonio que alertó a psicólogos y científicos sociales de que algo retorcido estaba larvándose en el cerebro de quizás la generación de jóvenes americanos más sobreprotegida de la historia.

A corto plazo, la consecuencia de aquellos sucesos fue que ambos miembros de la pareja acabaron por abandonar la prestigiosa universidad, tras una interminable campaña de insultos, amenazas y boicots a sus clases. A medio plazo, supuso que numerosos estudiosos se sumaron a investigar un fenómeno que otros ya habían empezado a estudiar a principios de la década de los dos mil: el de la hipersensibilidad de grandes masas de jóvenes americanos, con todas sus correspondientes consecuencias: intolerancia ante un enorme abanico de situaciones consideradas “ofensivas”, dificultad para asumir en un debate ideas diferentes a las suyas, necesidad frecuente de ayuda externa ante un entorno que les sobrepasa…

Por otra parte, la gran mayoría de los profesores universitarios de EEUU, responsables en teoría de engendrar a las élites intelectuales de ese país, aprendieron de golpe que, si no querían ver peligrar sus puestos de trabajo, había ciertos (muchos) charcos, que debían evitar pisar. Después del episodio de los Christakis en Yale, ha habido muchos otros similares, y en prácticamente todos existe un elemento común: quien se atrevió a desafiar al pensamiento políticamente correcto imperante, describe una enorme sensación de soledad, en la que, si recibía algún apoyo de sus colegas, este se producía en privado, no en púbico.

Este fenómeno, tan espectacular como inesperado, ha generado en los últimos años una enorme cantidad de bibliografía. En el ya bestseller La transformación de la mente moderna, Jonathan Haidt (ensayista y profesor de psicología social en la Universidad de Nueva York), y Greg Lukianoff (abogado defensor de la libertad de expresión y articulista), describen como un cóctel explosivo de circunstancias: sobreprotección de los padres, crueldad de las redes sociales, cobardía de las universidades… está dando lugar a generaciones de jóvenes con unos niveles de depresión y ansiedad inauditos. Y en cuya base está lo que los autores llaman tres malas ideas:

1. Lo que no te mata te hace más débil: Por lo que es necesario evitar el mayor número de riesgos posibles.

2. Confía siempre en tus sentimientos: Por lo tanto, si algo te hiere, está mal.

3. La vida es una batalla entre buenas y malas personas: Por lo tanto, debemos estar precavidos, y usar todas las armas a nuestro alcance, para que los malos (los otros, por supuesto), no impongan su ley en el mundo.

Estas ideas, inculcadas a cientos de miles de jóvenes estadounidenses, de forma más o menos consciente, por sus padres y por su entorno (redes sociales, centros educativos, películas, marcas de ropa…) han dado como resultado que el veto de conferenciantes sea frecuente en las universidades, si las ideas del conferenciante resultan “problemáticas” para parte del alumnado; que se hayan diseñado “espacios seguros” donde protegerse ante situaciones consideradas desbordantes para el afectado o que una chica negra se crea con el derecho de reñir un chico blanco, porque las rastas que lleva no son propias de su cultura.

Frente a este aumento de los niveles de emocionalidad, histeria e intransigencia, los expertos muestran su extrema preocupación, porque saben que ante la exaltación de la emoción, nuestra maravillosa razón poco puede hacer. Estamos programados para ser gregarios y emotivos. Bien lo saben Mark Zuckerberg, Nicolás Maduro o Donald Trump. Haidt, Lukianoff y muchos otros alertan de que la esperanza que nos queda para que nuestra sociedad no se infantilice del todo, es defender y mimar nuestra parte racional. A la vez que trabajamos, de forma siempre frustrante, nuestra capacidad para no sacar a relucir nuestras efervescentes reacciones primarias. En primer lugar porque sabemos, mirando atrás, que cierta proporción de esas ideas que defendemos a día de hoy, incluso a costa de perder amigos, las habremos tirado a la basura en unos años.

A mí la propuesta de rechazar disfraces de carnaval me parece, no voy a ser hipócrita, ridícula (por la ausencia de intencionalidad de ofensa, por la falta de argumentos para ofenderse, por el alto nivel de protección que debe tener el derecho a libertad de expresión…), pero no por eso creo que sea un tema ajeno al debate. Para ello basta con hacer el clásico ejercicio de estirar el chicle de profesor de filosofía: ¿y si me pongo un cartel diciendo que soy una raza inferior?, ¿y qué tal un disfraz de víctima de ETA?… Y porque precisamente metiendo todas estas cuestiones en debates públicos racionales es cómo podemos cuidar nuestras libertades y nuestra convivencia, es por lo que un montón de tipos inteligentes han estado generando literatura al respecto, algunas de cuyas ideas yo simplemente he copiado aquí.

Nos queda por delante una larga y molesta epidemia de ofendiditos, para la cual parece ser que la única vacuna es la educación y el crecimiento emocional e intelectual de cada uno de nosotros. Esperemos que, después de que todo esto haya pasado, la cantidad de estupideces que hayamos tolerado como sociedad, y la lista de libertades que nos hayamos dejado por el camino, sean reversibles y tengan algún remedio.

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