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Una isla naturalista, una isla inteligente

Últimamente he leído dos libros que coinciden en apuntalar la naturaleza y la vida como formas de inteligencia más allá de la que se ha mantenido imperante desde la irrupción de las nuevas tecnologías, es decir, la inteligencia artificial.

Los dos libros “Inteligencia Vital. Una visión postmaterilista de la vida y la conciencia” y “Jardinosofía” han supuesto una interesante visión ensayista de la conciencia ecológica que más que nunca parece expandirse de la mano de la lucha contra el cambio climático. Pero en estos dos trabajos lo que, realmente me llama la atención, es la visión holística de la Ciencia y la coincidencia en ambos trabajos de que sin conservación no hay autorrealización humana posible.

Esta idea florece en un momento en el que el hombre moderno parece redescubrir una idea: el bienestar consiste en estar en armonía con la naturaleza. Y al igual que todo árbol despliega sus ramas buscando manifestar plenamente su forma, el ser humano también parece buscar su crecimiento personal, aunque esta vez desde una necesaria instrospección.

En este ejercicio de búsqueda, que expande la idea de que no hay realidad sin conciencia plena, es importantísimo el entorno que nos rodea. Porque la conciencia no es otra cosa, según el maestro zen Dogen, “que las montañas, y los ríos, y la gran y amplia Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas”.

Precisamente, Lanzarote está siendo visitada en los últimos tiempos por numerosos monjes budistas, que buscan un lugar donde establecer un templo de meditación en Europa. Buscan espacios armoniosos, sobrios y sensibles con la importancia de valorizar el paisaje y el gusto por la vida rústica. Este interés por localizarse en una isla que muchos aseguran que está perdiendo su magia y energía, resulta paradójico ante el interés que muestran quienes consideran que es un sitio idóneo para el contacto con la naturaleza y la dimensión temporal de la vida, porque en la isla existen muchos rincones idílicos que guardan una inevitable relación con la belleza contemplativa.

Esta idea mística de la tierra de los volcanes también la expuso en una conferencia el polémico biógrafo de César Manrique, Fernando Castro, quien vino a decir que Manrique construyó el Mirador de Río como un homenaje a su única religión: el cosmos. Es más, el historiador, tiene claro que Manrique hablaba con frecuencia de profanación, “porque para él esos espacios eran santuarios” desde los cuales contemplar el cielo.

Lanzarote se construyó a la imagen de quien la soñó, pero desgraciadamente, hacen falta más soñadores que sigan ayudando a transformar la naturaleza en la mejor carta de presentación de una sociedad inteligente, una sociedad naturalista. Decía el otro día José Goñi, responsable de la campaña “Basuraleza”, que los que abandonan los residuos en espacios públicos son unos ignorantes. Una frase del todo acertada, porque podríamos decir que según contaminas, así eres tú.

Se preguntaba Ortega y Gasset, ¿cómo puede el hombre retraerse del campo? Una pregunta que hoy está en el candelero con la denominación de la “España vaciada”. La incomprensible necesidad de ausentarse de los orígenes, de lo nativo, está generando un grave desequilibrio en las regiones de nuestro país. Y para superar su estatus de aislamiento, el mejor de los antídotos, es precisamente no aislarse.

Por eso, aquellos que viven en espacios que van perdiendo población a favor de las urbes, deben poner en valor la secreta anatomía del instante, que tan bien se percibe en estos contextos rurales. ¿Acaso no son las ciudades más valoradas aquellas que, entre otros parámetros, están rodeadas de naturaleza o la han incorporado a sus hábitos saludables con grandes zonas verdes o de esparcimiento?

Según los últimos datos demográficos, Lanzarote no se está vaciando, porque aumenta su población progresivamente, pero precisamente por ese incremento foráneo, es más necesario insistir en que el paisaje debe ser el telón de fondo de todas las acciones políticas, pero especialmente, deben estructurarse estrategias que hagan ver a la población que se pretende este objetivo conservacionista, porque la naturaleza tiene la capacidad de estimular la imaginación y elevar el pensamiento.

En otras palabras, tiene la capacidad de hacernos más inteligentes y hasta más utópicos para seguir avanzando.

Publicado enUncategorized