Saltar al contenido

Cualquier tiempo pasado fue mejor

A Mateo el Cojo (Arrecife, 1936) lo embarcaron por primera vez con 11 años, en 1947. Han pasado 73 primaveras y sin embargo tal y como lo recuerda, con todo lujo de detalles, da la impresión de que aquella vivencia hubiese transcurrido unas horas antes del ensayo de Los Buches, que es donde coincido con él. 

La experiencia iniciática de aquel primer viaje duró 9 meses. 3 trimestres seguiditos de fanea costera, trabajando como un burro, sin apenas poder conciliar el sueño, con un pasote o una manzanilla que hacía de desayuno con algo de gofio y tres cucharadas de azúcar en un caldero para 20 jóvenes. “Tres cucharadas para 20, jajaja”, insiste en el dato. En efecto, era hacerse un hombre con 11 años. 

“Yo nadaba, porque los del puerto con 5 ya habíamos nadado en todos los charcos de Arrecife, pero los había, los del interior, que no sabían”, ríe por no llorar de esa tragedia de infancias truncadas. “Era lo que tocaba. Había que comer, familias de 8 o 9 hermanos…y oye, una cosa es lo que te voy a contar, jajaja, y otra es vivirlo, jajaja”.

Historias de costeros.

Mateo cuenta esto mientras Pepe y Julián preparan los buches del Carnaval 2020 y hay un niño de 8 años que asiste ojiplático a estas historias. “9 meses sin ducharte…¿te lo puedes imaginar? Jajaja. Éramos pobres, pero ricos en piojos, jajaja”.

El costero recuerda que dormía de lado, en una habitación compartida entre 20 muchachos, negros como carosos, apestando a pescado la mayor parte del día y confiando que la zafra acabase cuanto antes. “9 meses en el mar, 15 días de descanso, 3 meses en el mar…”, y así la vida giraba y giraba.

El niño de 8 años que asistió al festín se monta en el coche y mientras procede a abrocharse el cinturón suelta lo de “Papá, ¿por qué ese hombre se metió en el barco tan pequeño?”.  “Tenía que ayudar para que su familia y él comieran”, respondo. “Pero…”, silencio. “Pero, pero, pero, ¿qué?…¿No lo entiendes?”. “No”.

“Pues así era, Nicolás, aquellos hombrecitos tenían que embarcarse y apechugar. Ni colegio, ni juegos, ni play station, ni cumpleaños, ni vacaciones…nada”.

Sigue ojiplático. 

Por fortuna todas estas historias han pasado al recuerdo hace mucho tiempo. Será esa la razón que explique que un número creciente de mendrugos, cada vez mayor por cierto, eche de menos el ayer.

Da igual de lo que le hables, los juegos infantiles, las relaciones humanas, los coches, la economía…yo qué sé. Todo, absolutamente todo, sin excepción, créetelo, todo era mejor antes, infinitamente mejor. 

Sujetos lloricas, presos del pasado y temerosos del avance imparable de la humanidad, carne de cañón de una depresión galopante. Ahí siguen, contra toda evidencia, añorando como viejunos, muertos en vida. 

Cualquier tiempo pasado mejor…díselo a Mateo. 

 

Publicado enUncategorized