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No me toques los fake news

El ejemplo se ha convertido en un clásico de la desinformación. Y de la estupidez humana: “La UE estudia prohibir los autobuses de dos pisos”. Esta noticia, con su correspondiente desarrollo, circuló como la pólvora en medios presuntamente serios del Reino Unido. Como un ejemplo más, entre muchos otros pregonados hasta el infinito por los brexiteers, de las despiadadas dentelladas que el monstruo de la burocracia europea estaba dando a la identidad (y a la economía, y a la capacidad de gobierno…) inglesa.

Durante la campaña previa al referéndum, que iba a decidir la permanencia o no del país en la Comunidad Europea, los partidarios de la salida (e importantes medios afines) lograron difundir con éxito un montón de mentiras: respecto a la prohibición de los plátanos muy curvados, o los quesos ingleses de las pequeñas producciones… Boris Johnson hizo campaña a lo largo de todo el país en un autobús rotulado con una cifra falsa de 350 millones de libras (422 millones de euros) que supuestamente Reino Unido aportaba semanalmente a la UE. Debajo del dato se venía a decir que ese dinero podría revolucionar la sanidad británica.

El día en que James Cameron convocó el famoso referéndum, como forma de callar la boca a los más pertinaces eurófobos de su partido, infravaloró la capacidad que han adquirido las ideas simples y equivocadas para difundirse. Y no imaginó lo premonitoria que sería, en este caso, aquella frase de Alexandre Dumas: “Prefiero los malvados a los imbéciles, porque aquellos, al menos, dejan algún respiro”. Nunca minusvalores el poder de un grupo de idiotas suficientemente motivados. Por otra parte, ¿qué puede hacer un tratado de libre comercio del S.XXI (probablemente los documentos más farragosos y enrevesados generados nunca por la especia humana), frente a ideas como “somos una isla”, “hablamos otra lengua diferente”, y “somos más guays”?

¿Imaginan la honda melancolía que embargaría a Dumas si lo sacáramos de su tumba, le explicáramos (con paciencia de hijo) como funciona la ruedita del ratón, y lo pusiéramos delante de Facebook? En la época previa a los medios de comunicaciones de masas e Internet, era bastante más intuitiva la idea de que uno era un absoluto ignorante de la práctica totalidad de las cosas. Uno leía más o menos asiduamente a tíos que sabían mucho, y podía fácilmente concluir lo poca cosa que era. Y el largo camino de estudio y trabajo que tenía por delante si, por un extraño impulso, quería dejar de serlo.

Uno se topaba en las narices con la contundente evidencia de que la comprensión de los engranajes del mundo y, sobre todo, de las personas, conlleva un prolongado atravesar de valles y montañas. O de capas de cebolla. O de la metáfora que queramos utilizar. Requería esfuerzo y tiempo. De búsqueda de raros libros que solo se entendían a medias, porque se requerían de otros libros, que vete a saber dónde demonios estaban. Por eso, cuando te topabas con alguien que sabía, te callabas la boquita. Lo que facilitaba mucho el trabajo de médicos, profesores e hijos de puta.

Hoy, la idea de que nacemos (y en gran medida, morimos) ignorantes, se ha vuelto extraña: ¿No tenemos a nuestra disposición infinita cantidad de información? ¿Acaso no me admiran mis 2.000 seguidores en Instagram? ¿No es verdad que logré que todo el vecindario comentase mi publicación acerca de las cacas de perro en el parque? Hoy necesitamos de otro extraño impulso para no caer en la tentación de sentirnos poderosos, interesantes, listillos. Sentimos que tenemos en nuestro poder verdades poderosas y originales. Y, además, no debemos pasar por el engorroso trámite de discutirlas para validarlas. Basta con que encontremos nuestro grupo de afines en las redes. ¿Cómo van a estar equivocadas 3, 4, 10, 100 millones de personas? Imposible. Las ideas se imponen por aplastamiento. Las ideas se han mezclado tanto con las emociones que ya cuesta diferenciar a las unas de las otras. No pensamos, sentimos. Y lo hemos convertido en uno de nuestros más sagrados derechos.

Ese líquido viscoso (pero líquido, al fin y al cabo) compuesto de núcleos de ideas sueltas, flotando entre una nube de átomos de emoción, no crea debates, crea olas. Amodorradas avalanchas marinas en las cuales las ideas son transportadas, sin cambio, sin reflexión, de una mente a otra, de una dirección IP a otra (¡¡¡el azúcar es veneno!!! … ¡¡veneno!!… ¡veneno!…). Para, al cabo de un tiempo, simplemente morir, de aburrimiento, más allá del horizonte.

Pero, a veces, la realidad se pone delante de la idea de moda, como un peñasco. O un estudio riguroso. O un dato contrastable. ¿Y que crees que pasa? ¿se detiene la ola? Ni de coña. Unas incómodas turbulencias, y la ola sigue, de boca a oreja. De pantalla en pantalla. De inseguridad en inseguridad. Para comprobar hasta qué punto a la gente se la suda la realidad, y se aferra a sus ideas, basta con comenzar a buscar fake news en redes sociales, y desmentirlas. Yo, durante varias semanas, lo hice. Movido, lo prometo, por un sincero deseo de bien común, de lucha contra la manipulación, y de apoyo entre internautas. Las respuestas que recibí fueron siempre una versión de la misma, con distinto nivel de disimulo: NO me molestes.

Solo en un caso, ante la enésima vez que repetía que la activista saudí Israa al-Ghomgham seguía teniendo la cabeza pegada al cuerpo. Un motivado activista contra los grandes lobbys de comunicación me reconoció entre dientes que sí, que tenía que tener un poco más de cuidado. No volví atrás para comprobar si había borrado lo de “Descansa en paz, reina valiente”…. Con lo molón que le había quedado.

Las mentiras en Internet se extienden varias veces más rápido que las aburridas verdades porque cumplen una urgente necesidad para nosotros: la de reforzar el ego y los prejuicios en nuestro tribal cerebro, sobrepasado ante dos gigantescas inmensidades: Internet y nuestra libertad. Y por eso, mientras más giga bytes se nos vienen encima, y más amplio es nuestro margen de acción, con más ansia devoramos mentiras. Ya lo decía Punset: nuestro cerebro no ansía la verdad, sino sobrevivir.

Y nos toca las narices que alguien nos venga con la realidad, cuando la mentira rema a favor de nuestras ideas. ¿Qué es por ejemplo un pizca de exageración, en pro de una causa justa? Que el fin justifica los medios es una idea absolutamente lógica, asumible y pegadiza. Vamos, que toda la vida ha sido así. Y así nos movemos, como peces de acuario, tras trocitos flotantes de informaciones que confirmen nuestros sesgos preestablecidos. Egocéntricos y glotones.

Por supuesto que hay malotes sacando partido a nuestra pereza mental, (uno puede alucinar con el descaro de Rusia al respecto, leyendo “Fake News: La arma de destrucción masiva”, de David Alante), pero si esto sucede no es porque nos inyecten una pócima que anula nuestra voluntad, sino porque se aprovechan de nuestra simplicidad. De nuestra absoluta falta de escrúpulos intelectuales.

Ahora, que hay quienes ponen a todo el apellido democrático, para realzar las virtudes de cualquier cosa, nos sorprendemos dándonos cuenta de que, ¡ay!, la democratización de la información no hace a la mayoría automáticamente más libre. Aunque sí es una maravillosa oportunidad para las almas humildes, curiosas y trabajadoras, de toda la vida.

PD: Respecto al Reino Unido, nadie puede descartar que su jugada le salga bien. Aunque, a día de hoy, las pérdidas que ha sufrido se calculan en unos 150.000 millones de euros. Ha conseguido cerrar acuerdos de libre comercio sustitutorios con tres países: Líbano, Túnez y Luxemburgo.

Publicado enUncategorized

Un comentario

  1. Carmen T Carmen T

    me encanta tu artículo porque me preocupa mucho para la salud democrática las noticias falsas que aparecen en medios y redes sociales. Me desespero en el chat de mamás del cole(si de mamás porque parece que tenemos monopolio (cuando continuamente suben noticias que además te falsas son totalmente absurdas y dudo entre afearles la conducta y perder su amistad para siempre o morderme la lengua y envenenarme.

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